Cuando el pintor Caravaggio, que era también un maleante y un magnífico espadachín, salía, solo o acompañado, a hacer fechorías por las calles de Milán, de Roma, de La Valeta o de Nápoles, lo hacía amparado en un lema, que le copió a Séneca o a Cicerón, y que hoy nos sirve a todos, no para hacer fechorías sino para enfocar mejor la vida: sin esperanza, sin temor (nec spe, nec metu).
Porque tanto el temor como la esperanza están en el futuro, en un lugar que no podemos controlar, y solo es sensato preocuparse por las cosas que dependen de nosotros.
Baruch Spinoza hizo suyo el lema del gran maestro del chiaroscuro y del tenebrismo, que además de transformar la pintura en el Seicento italiano, mató, en una sangrienta refriega, a un cristiano con su espada.
Spinoza era filósofo, no pintor ni espadachín, y en uno de sus libros (Ética demostrada según el orden geométrico, 1677) desmonta la fórmula nec spe, nec metu.
La esperanza es una alegría inconstante, que surge del futuro y de cuyo resultado dudamos. El miedo es una tristeza inconstante frente a la duda de
un evento futuro negativo. No hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza.
Quizá en nuestro tiempo, aunque no signifiquen rigurosamente lo mismo, podríamos utilizar, porque algo añade, la palabra “expectativa”: sin expectativas, sin miedo.
El que espera algo bueno, quien tiene expectativas, teme que no ocurra, y el que teme algo malo tiene la esperanza de evitarlo; ahí está el pernicioso bucle que mantiene a su víctima, a la que no ha tenido el cuidado de aplicar la fórmula nec spe, nec metu, en un estado de duda y temor que la llena de incertidumbre.
Cualquiera que vaya a emprender algo, con la pluma o con la espada debe, primero que nada, deshacerse del miedo y de la esperanza que están, como digo, fundamentados en el futuro y por tanto no dependen de nosotros. Lo cual nos lleva al arquero de Epicteto, que elige la mejor flecha, tensa el arco, apunta cuidadosamente y dispara con su destreza habitual. Esto es lo único que depende del arquero porque a la flecha, una vez disparada, se la puede llevar el viento.