Tributo a la ignorancia

  • Trampantojo
  • Jorge Fernández Acosta

Ciudad de México /

De algún tiempo para acá –unos 12,000 años– hemos observado que en el mundo ocurren cosas que nos llevan a la ausencia y que ahora hay ausencias que pesan más que las presencias. De esas cosas que pasan, lo que pasa es que se pasan de tueste y de lanza. La sociedad, como producto de la condición de fragilidad en la que se desarrolla, tanto como de la situación azarosa de ser la expresión más elaborada y pura de la barbarie que no conoce la civilización, camina a través de la vorágine de la ignorancia que carcome la esperanza y cercena los sueños.

Lo recién acontecido en Lagos de Moreno es la señal inequívoca, insuperable e insobornable de lo que somos: Una especie de imbéciles. Somos un conglomerado infrahumano que no conoce los principios, ni los fines más altos de la sensibilidad y la elevación del espíritu. Observo que somos víctimas de nuestra propia vileza y actuamos bajo el influjo intuitivo de los más bajos instintos y vivimos del atroz y espeluznante espectáculo de nuestra rancia estupidez. Somos criminales por omisión, cómplices por inacción y comparsas por afición: lo que nos apasiona es ser testigos de la protervia y agentes de la putrefacción de las conciencias. Nos solazamos ante los videos del terror y el morbo enfermizo nos distingue. Somos incapaces de ejercer el sentido crítico y más de resolver el camino a la tranquilidad social. Observo que somos, pues, una sociedad digna de la infamia que nos agobia.

Estamos indefensos ante el embate del caos y los grupos de la delincuencia medran con nuestra serenidad y hacen su agosto al cobrarnos la factura por nuestra indolencia ataviada de carencias y de ausencias. Observo que la paz, los valores, la ética, la moral, la razón y la conciencia están ausentes. No hay compasión y está muy lejos la noción de estado que nos llevaría a garantizar la convivencia armónica. Observo que nos ganan la apatía y la voracidad, la violencia y la indiferencia, el cinismo y la insensibilidad, vaya, en una palabra, nos gana la maldad como símbolo de lo que somos y lo reitero: Animales sin razón y sin vergüenza, ni dignidad. Somos inhumanos e infrahumanos con la más ínfima noción de los significados superiores de la solidaridad sustentada en el interés por el valor de la otredad en nuestros semejantes. Nada importa y nada vale como humanos.

Observo que cada día, cada instante que transcurre, habitamos en la incertidumbre y la zozobra caracteriza nuestro cotidiano y gris existir en la desesperanza. No hay paliativos, no hay remedios eficaces, no tenemos fuerza ni voluntad de cambiar para vencer los miedos y las cuitas y ya nos acostumbramos a la tragedia… tanto, que estamos ansiosos cuando nos encontramos con algún resquicio de quietud. Nos hace falta la adrenalina que produce en el alma angustias o sinsabores y estamos prestos a no claudicar para conseguir nuestra dosis diaria de insumos para la evasión. Así, de ese modo observamos y entendemos que la terrible realidad que nos abruma es la comprensión de que vivimos en los escenarios de la ausencia del amor y de que la violencia es un tributo a la ignorancia. No, no sabemos ser felices. JFA


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