México forma hoy más científicos y doctores que nunca. Sin embargo, tener talento no garantiza que este se traduzca en desarrollo, innovación o bienestar. Durante décadas, los debates sobre ciencia se han centrado en presupuestos, publicaciones y números de investigadores. Esto propone mirar más allá de las cifras y responder preguntas clave: ¿qué hace el país con su capital humano científico? ¿Existen espacios reales donde pueda desplegar su potencial?
El sistema mexicano enfrenta varias tensiones estructurales. La universidad sigue siendo la principal vía de formación y empleo, pero es rígida: sindicatos, endogamia, prácticas de contratación cerradas y escasa movilidad limitan la creación de plazas estables. Esto genera precariedad laboral, frustración y migración de talento. Además, la falta de articulación entre ciencia, industria y Estado impide que el conocimiento se transforme en tecnología, procesos productivos o soluciones a problemas nacionales.
¿Cómo otros países resolvieron desafíos similares sin frenar la formación doctoral? Francia, Alemania, Japón y Estados Unidos crearon instituciones y mecanismos que insertan a los doctores fuera del esquema universitario, en laboratorios, empresas e institutos de investigación aplicada, conectando talento con industria y desarrollo económico. Estas experiencias ofrecen lecciones valiosas para México: el reto no es producir menos doctores, sino construir espacios y estructuras donde su conocimiento genere impacto real.
Asimismo, se abordarán soluciones concretas que podrían transformar el sistema mexicano: institutos sectoriales y regionales de investigación aplicada, doctorados industriales y gubernamentales, y sistemas de evaluación que valoren transferencia tecnológica, innovación y resultados sociales. El objetivo es que los doctores no se limiten a publicar, sino que participen en toda la cadena de innovación, desde el desarrollo de prototipos hasta la implementación de soluciones en empresas y proyectos estratégicos nacionales.
Mostrar que México ya hizo la inversión más costosa: formar a su talento. No aprovecharlo es un desperdicio estratégico. Apostar por los doctores no es un gasto ni un mérito simbólico, sino una decisión urgente para convertir conocimiento en desarrollo, innovación y bienestar social.