La economía mixta es un modelo económico que combina elementos del capitalismo y la intervención estatal. En ella coexisten la propiedad privada, el libre mercado y la iniciativa empresarial con una fuerte participación del Estado como regulador, inversionista y propietario en sectores estratégicos. El objetivo es corregir fallas del mercado, promover el bienestar social, garantizar la estabilidad macroeconómica y reducir desigualdades, sin eliminar el dinamismo privado. No es un sistema puro, sino un equilibrio pragmático que ha sido clave en el desarrollo de muchos países emergentes, incluyendo México desde la posrevolución.
En México, la economía mixta se consolidó tras la Revolución Mexicana con la creación de instituciones como el Banco de México (1925), Nacional Financiera (1934), la Comisión Federal de Electricidad (CFE, 1937), Petróleos Mexicanos (Pemex, 1938), el IMSS y otras entidades que permitieron al Estado dirigir el desarrollo mientras el sector privado operaba en manufacturas, comercio y agricultura. Este modelo alcanzó su máxima expresión durante el Desarrollo Estabilizador (1954-1970), periodo conocido como el “Milagro Mexicano”, bajo los gobiernos de Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, con Antonio Ortiz Mena como secretario de Hacienda durante 12 años.
El Desarrollo Estabilizador se basó en la estabilización macroeconómica como precondición para el crecimiento sostenido. El Estado invirtió masivamente en infraestructura: carreteras, distritos de riego, energía y telecomunicaciones. Pemex y CFE fueron pilares: el primero capitalizado para financiar el gasto público con utilidades reales, y la segunda para electrificar el país. Al mismo tiempo, se fomentó la inversión privada nacional y extranjera en industrias manufactureras, con incentivos fiscales y crédito de la banca de desarrollo (Nafinsa). Este modelo funcionó mediante una división del trabajo social: el gobierno ofreció reglas claras, estabilidad política y social; los obreros organizados recibieron aumentos salariales reales (promedio 6% anual en mínimos), prestaciones y seguridad social; los campesinos, precios de garantía y crédito subsidiado; y los empresarios, protección al mercado interno y oportunidades de inversión. El resultado fue espectacular: el PIB creció en promedio 6.5 a 6.8% anual (6.56% según algunas fuentes), la producción industrial al 8% y las manufacturas aún más. La inflación se mantuvo en niveles bajos (2.2 a 3.5% anual), el PIB per cápita avanzó 3.4 a 3.74% y la inversión fija bruta creció más del 6%. México pasó de ser una economía agraria a urbana e industrial, redujo la pobreza alimentaria, triplicó el poder adquisitivo de los salarios mínimos y se consolidó como modelo latinoamericano. Se urbanizó rápidamente, surgió una clase media y el país organizó los Juegos Olímpicos de 1968 y el Mundial de 1970, símbolos de confianza internacional. El éxito radicó en la rectoría estatal sin ahogar la iniciativa privada, el ahorro interno como motor (el sistema financiero captó más recursos) y la coherencia de políticas bajo la vicepresidencia económica de Hacienda. No fue un milagro espontáneo: se aprovechó el contexto posguerra y la Guerra Fría, pero las decisiones internas fueron decisivas.
Hoy, en 2026, México no ha abandonado del todo la economía mixta, aunque es más híbrida y abierta. El sector privado domina manufacturas, servicios y exportaciones (cerca del 80% del PIB), pero el Estado mantiene control estratégico en energía. Pemex y CFE, reformadas recientemente como empresas públicas del Estado (no solo productivas), recuperaron reintegración vertical y rectoría en hidrocarburos y electricidad, priorizando soberanía energética y transición justa. Se eliminó la prevalencia privada en generación eléctrica y se prioriza la planeación nacional.
La economía mixta demostró su éxito en el Desarrollo Estabilizador al lograr crecimiento con estabilidad, industrialización y avances sociales. Hoy se reinventa como herramienta para un desarrollo soberano y sostenible en un mundo globalizado. No es regreso al proteccionismo puro, sino un equilibrio inteligente. México, con su historia de pragmatismo económico, puede volver a inspirar si logra actualizar aquel “milagro” sin repetir sus errores: priorizando productividad, exportaciones de alto valor y equidad real. La economía mixta no es ideología, sino instrumento probado para el progreso nacional.