La Copa Mundial de la FIFA 2026, la primera edición coorganizada por Estados Unidos, Canadá y México con un formato expandido a 48 selecciones y 104 partidos se presenta como el evento deportivo más grande de la historia. Sin embargo, detrás de la pasión futbolera se esconde una máquina de generar miles de millones que prioriza los ingresos por encima de la accesibilidad, transformando el futbol en un espectáculo de élite. Según proyecciones de FIFA y estudios conjuntos con la Organización Mundial del Comercio, el torneo generará alrededor de 40.9 mil millones de dólares del PIB global. Pero ¿quién se lleva realmente la mayor parte del pastel? FIFA espera recaudar cerca de 8.9 mil millones de dólares solo por el torneo (transmisiones, patrocinios, boletos y hospitalidad), un aumento del 20% respecto a Qatar 2022. En el ciclo 2023-2026, las proyecciones totales superan los 13 mil millones. Los derechos de transmisión rondarían los 4.300 millones, los patrocinios más de 2.800 millones (con todos los paquetes globales vendidos), y los boletos más hospitalidad cerca de 3.100 millones, casi el doble que en 2022.
Los precios de las entradas ilustran el elitismo. Los boletos más baratos para la fase de grupos arrancaron en torno a 140 167 dólares, pero con precios dinámicos subieron rápidamente. Para la final en el MetLife Stadium, la categoría más accesible superó los 4.000 dólares y las premium alcanzaron decenas de miles (hasta 67.000 en reventa). Paquetes de hospitalidad llegan a 73000 dólares o más. En México, el partido inaugural en el Azteca osciló entre 370 y 1,825 dólares por boleto. Fans de todo el mundo denuncian una “traición monumental”. Grupos de seguidores como Football Supporters Europe y la England Fans’ Embassy hablan de precios “extorsionantes” que excluyen al aficionado promedio. Un seguidor que quiera ver a su selección hasta la final podría gastar miles de dólares solo en boletos. La reventa multiplica las cifras: en plataformas secundarias se reportan accesos con hospitalidad por encima de los 240.000 pesos mexicanos para el inaugural. Dentro de los estadios, los precios de comida y bebida también son elevados (agua a 6 dólares, snacks caros), sumando cientos más al gasto diario.
Este elitismo no es accidental. El uso de precios dinámicos, la limitación inicial de boletos a sorteos y la priorización de paquetes premium convierten el Mundial en un evento para corporativos, turistas de alto poder adquisitivo y élites. Mientras FIFA presume que “todo lo generado regresa al futbol” en 211 países, la realidad en las gradas es que el aficionado de clase media o baja queda relegado a ver los partidos por televisión o en zonas de fan fest. Los estadios masivos de Norteamérica (promedio superior a 65.000 espectadores) facilitan mayores ingresos, pero diluyen la atmósfera popular que caracterizó ediciones anteriores. Los productos derivados multiplican la millonada. Patrocinadores globales como Adidas, Coca-Cola y otros invierten miles de millones por visibilidad. La mercancía oficial, los derechos de imagen, las aplicaciones y experiencias VIP generan flujos adicionales. Sin embargo, este modelo comercial transforma el deporte en un gran anuncio continuo. Los logos de patrocinadores dominan, y los estadios deben ocultar marcas no oficiales, lo que genera situaciones absurdas y creativas de marcas locales.
El Mundial 2026 representa la cúspide de la comercialización del futbol. Es un evento que genera riqueza extraordinaria, pero que concentra los beneficios en FIFA, patrocinadores y cadenas de televisión, mientras eleva barreras para los verdaderos protagonistas: los aficionados. El “futbol para todos” se convierte en “futbol para quienes puedan pagarlo”. En un mundo donde el deporte debería unir y emocionar sin exclusiones, la FIFA millonaria demuestra que su prioridad es otra: maximizar ganancias. Los números son impresionantes, pero plantean una pregunta incómoda: ¿a qué precio celebramos el deporte más popular del planeta? Mientras las élites brindan en suites de lujo, millones de fans seguirán soñando con una entrada que cada vez se siente más lejana. El balón rodará, los goles llegarán, pero el verdadero ganador ya se sabe de antemano: la cuenta bancaria de la FIFA.