El cronista, que cree ser individuo aunque en las ciudades es difícil individualizarse, a veces piensa que las ciudades precisamente empiezan a engendrar problemas cuando se tiran como flechas o como drones hacia arriba, hacia los cielos cenicientos que suelen ser los más frecuentes de estos últimos tiempos de rugidero citadino insoportable y continuo que nos aqueja. Antes las ciudades eran o querían ser meramente horizontales, que es la imagen de la quietud y la serenidad, a veces del acomodamiento y la pereza, pero en cuanto adquirieron el afán de verticalidad se volvieron estructuras de nerviosismo, la criminalidad incontenible, la histeria (que es otra forma de la historia) y el burubún del claxonerío, los gritos pidiendo auxilio y la amenaza ambiental constantes. No es que el cronista quiera vivir en otra ciudad en que no hubiera cine, jazz y libertades democráticas o individuales, sino que a veces sueña con una imagen idílica, y hasta lírica, del pasado, y ¡ay!, no hay que ser pasatista porque ir a una estampa gloriosa y hasta golosa del ayer es creer que el progreso no existe sino como sueño propio de cada uno. Así como hay peces que van a contracorriente del río, así el pasatista se opone a lo que de todas maneras tiene que suceder y si las urbes se lanzan hacia el firmamento es porque tienen que albergar más multitudes de baja individualidad, aunque crean mercarse como hacedoras del porvenir. López Obrador nos promete una nueva ciudad, más justa, más vivible, más sociable, pero su verticalidad insensata se denuncia desde el momento en que precisamente va a hacia el pasado vertical, igual que aquellos peces atarantados por alguna especie de locura que quiere tener la solidez de la razón. Lo de ese aeropuerto por él propuesto y el aeropuerto que quiere quitar, así como así, es una idea tan aberrante que uno no la consideraría ni en el más febril de sus artículos, y el cronista se asombra de tanta locura que toma forma cristalina y botinglera, pues es como para aburrirse de escribir llamando a la razón a lectores insospechados el creer que uno puede mejorar la condición humana simplemente mejorando su nivel de vida, y no es plausible que un líder se forme con los gritados sueños de la multitud. La multitud nunca hizo nada bueno, sino algunos individuos dentro de ella, lo cual olvidamos muy frecuentemente. Populismo igual a multitudismo y se piensa, cuando se piensa, que el gran número tiene siempre la razón. Pero hay que recordar que el comienzo de Hitler no fue el de un golpe de Estado sino que él ganó las elecciones como se supone que debe de ser el gobierno de la ciudad.
Y el cronista se va a dormir, horizontal.
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