Madre España

Monterrey /

Así se entona: Tant si sona com si no sona, Barcelona sempre és bona. Le pasó a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. No una visita, un reencuentro con España. De esos reencuentros con sabor a abrazo. Y qué mejor donde aprendimos Mediterráneo de Nova Cançó con Joan Manuel Serrat y Lluís Llach — “L’Estaca” es de autoría mayor. Y ahora la irrupción de una Rosalía asturiana, gallega, cubana y nacida en Baix Llobregat. Decir como Vallejo: “¡Cuídate, España, de tu propia España!”. Latinoamericanos cosmopolitas, fuimos a buscarte.

Y Claudia no fue a Barcelona por la foto diplomática, fue a marcar territorio. Hay que saber leer entre líneas: bajo el protocolo se asoma una carambola de Estado que busca sacudir el eje iberoamericano y, de paso, meterse a la pelea por la soberanía tecnológica. Los datos matan al relato: es su primera gira europea, aterrizando justo en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia. En una Europa que se corre a la derecha y se fragmenta, México y Pedro Sánchez intentan amarrar un bloque progresista que no se quede en la pura retórica, sino en una arquitectura que funcione.

Lo verdaderamente interesante, lo que no siempre se nota, ocurrió en el Barcelona Supercomputing Center. Claudia no fue de turista científica. Fue a confirmar que hoy la soberanía no es sólo la tierra o el petróleo, sino los fierros, los datos y la capacidad de procesarlos. El proyecto “Coatlicue”, con sus 6 mil millones de pesos y esa potencia de 314 petaflops, no es un adorno, es un escudo. México quiere dejar de pedir permiso a las plataformas gringas o a los centros de datos ajenos. Es un tiro geopolítico contra las corporaciones que hoy mandan en el orden digital, aunque el reto interno será titánico: ¿Podrán nuestras instituciones mantener esa complejidad técnica sin que se caiga en el siguiente sexenio?

Barcelona, en ese sentido, no es destino, es laboratorio. Ahí se ensaya si el progresismo puede transitar de la consigna a la infraestructura; si la memoria histórica puede convivir con la pragmática geopolítica y si la soberanía —esa palabra tan abusada— puede traducirse en capacidad tecnológica real. La relación con España siempre ha sido un péndulo entre el exilio republicano de Lázaro Cárdenas y los encontronazos recientes. Este “deshielo” no es un borrón y cuenta nueva, es entender que se puede exigir memoria histórica sin romper los cables de la cooperación. Por eso Serrat ahí no es un invitado más, es un código: el puente entre la resistencia antifranquista y nuestro nacionalismo social.

La apuesta está en la Cumbre Iberoamericana de Madrid 2026 y en la que México recibirá en 2027. Sheinbaum dio un paso de ajedrecista porque colocó al país como el nodo donde todo se conecta. El riesgo es el de siempre, es decir, que el multilateralismo se ahogue en buenas intenciones si no hay lana ni reglas claras. Barcelona fue el laboratorio para ver si el progresismo puede pasar de la marcha a la infraestructura y si la soberanía puede ser algo más que una palabra gastada. El tiempo, ese auditor que no perdona, dirá si esto fue un proyecto real o sólo otra narrativa de paso.

Tal vez nos enredemos en otras batallas adánicas, la linealidad futurista de un progresismo fue criticada por Octavio Paz.

Monsiváis, Carlos, incluso aseguró que “progresistas” era una palabra jubilada. Izquierda más allá que progresismo en un mundo destrozado por los delirios de Donald Trump. Izquierda en Pedro Sánchez, Lula da Silva, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum, quien elogió la resistencia política y musical de Serrat. Por lo pronto, insistir en Blas de Otero y Víctor Manuel recitado con camisa blanca de mi esperanza: España: quererte tanto me cuesta nada.


  • José Jaime Ruiz
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