Me han preguntado algunos (as) lectores (as) acerca del título de la columna de la semana pasada el cual retomé del ensayo “Nueva refutación del tiempo” del gran literato argentino Jorge Luis Borges, y por qué había colocado el adjetivo “novísima” insertado por mi cuenta, para nombrar la colaboración semanal.
“Nueva refutación del tiempo” es un ensayo de Borges, escrito entre 1944 y 1946, y luego recogido en su libro “Otras inquisiciones”. El ensayo es tan corto como lo son trece páginas. Pero a su vez es tan profundo como más de cien páginas, dado que escudriña desde la historia de la filosofía (la metafísica con pensadores como Berkeley, Hume y Schopenhauer) partiendo del análisis de los “supuestos idealistas” de creación en la mente del “tiempo y la sucesión de sus momentos”, haciendo el intento de “refutar” la percepción sensorial humana del tiempo. O más bien “la inexistencia del tiempo” dada la repetición de “momentos” (sucesión) en la vida de una persona que no percibe el tiempo sino eso: “momentos”.
Y la respuesta a la pregunta inicial es muy simple: el ensayo de Borges es de hace ochenta años, y quise marcar una nueva manera (“novísima”) -a manera de contrapunto- para plantear lo que estamos viviendo en el mundo con la nueva era de un Donald Trump, presidente de los Estados Unidos de América, recargado (‘reloaded’, dirían los jóvenes).
Existen momentos que se parecen a otros. Pero que generalmente son la “sucesión” de otros. Sucedáneos hasta formar un infinito que no existe, dice Borges. Y transcribo:
“Cada instante es autónomo. Ni la venganza ni el perdón ni las cárceles ni siquiera el olvido pueden modificar el invulnerable pasado. No menos vanos me parecen la esperanza y el miedo, que siempre se refieren a hechos futuros; es decir, a hechos que no nos ocurrirán a nosotros, que somos el minucioso presente. Me dicen que el presente, el “specious present” de los psicólogos, dura entre unos segundos y una minúscula fracción de segundo; eso dura la historia del universo.
Mejor dicho, no hay esa historia, como no hay la vida de un hombre, ni siquiera una de sus noches; cada momento que vivimos existe, no su imaginario conjunto.
El universo, la suma de todos los hechos, es una colección no menos ideal que la de todos los caballos con que Shakespeare soñó -¿uno, muchos, ninguno?- entre 1592 y 1594. Agrego: si el tiempo es un proceso mental ¿cómo pueden compartirlo millares de hombres, o aun dos hombres distintos?”
Y el punto es que estamos compartiendo un tiempo, en un espacio, observando cómo el mundo regresa a prácticas como “las patentes de corso” que existieron entre la edad media y el siglo XIX, prohibidas por el tratado de París a partir de 1856, y que consistían en una especie de nombramiento otorgado por los reyes para actuar “como pirata legal”.
Y entonces, -siguiendo el razonamiento borgiano a contrario sensu-, “el tiempo no existe”, dado que hemos regresado [digo yo] mil doscientos años de historia humana de un plumazo. Y esto, porque la internet dice que en la actualidad el término de “patente de corso” es utilizado “coloquialmente para describir la situación en la que una persona actúa con impunidad o libertad absoluta para hacer lo que quiera, amparado por una autoridad o influencia”. Por lo tanto, saque usted sus propias conclusiones.
Pero lo que más me llama la atención de todo esto es que aprendí que son los “novísimos”. Lo que no sabía. Y para información del lector, la palabra “novísimo” hace referencia a lo “nuevo” pero también, según el Diccionario de la Real Academia, es “en la religión católica, cada una de las cuatro situaciones que esperan al hombre (ser humano) al final de su vida: muerte, juicio, infierno y gloria.
Usado más en plural”. Y ¡vaya¡, no me lo esperaba.
Derivado de la palabra latina ‘novissĭmus’, la teología católica adelanta el tiempo humano para llevarnos al final: los últimos acontecimientos que afectaran a cada individuo en el fin de su jornada terrestre que son llamados "Novíssimos". Siendo los cuatro mencionados: muerte, juicio particular, infierno y paraíso. Vislumbrando así el destino final de cada ser humano en lo individual. Saque usted conclusiones.
Y aquí retomo (nuevamente, y en repetición) para concluir el homenaje, la parte más citada y antes mencionada del ensayo borgiano; misma que está en prosa, pero formada por una indiscutible esencia poética:
“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.”
Y entonces pregunto ¿existe lo nuevo?