Agradecido estoy con Milenio Jalisco y con Manuel Baeza, su director editorial, porque me ha permitido expresar mis puntos de vista en esta columna semanal que aparece los domingos. Ha sido siempre mi intención el tratar distintos temas que pueden ser de actualidad política y social, de inquietudes personales, o de cuestiones históricas que tienen impacto en el momento presente. Con temáticas a veces generales, a veces más específicas, pero siempre buscando que el lector encuentre motivos para la reflexión y el análisis posterior.
Siempre ha sido enriquecedor para mí el recibir opiniones de lectores (amigos siempre), que vienen a complementar lo que escribo o me pueden aportar perspectivas diferentes en temas poliédricos y complejos. Lo que agradezco y aprecio. La simetría, la uniformidad y las maneras únicas de pensar no deben ser el parámetro que enriquezca la opinión pública, y la publicada.
El día de hoy espero que mis lectores de ciudades y poblaciones distintas a Guadalajara y su zona metropolitana puedan dispensar el tema muy local que abordaré, que impacta en la vida diaria de los habitantes de una metrópoli cada vez más compleja y anárquica. Y me refiero a una ciudad que se vuelve caótica porque sus gobernantes no han tenido el talento, la entrega ni la sapiencia que los lleve a resolver la diversidad de problemas que enfrentamos los que vivimos aquí.
Y cuando título esta columna “los nuevos dueños”, me estoy refiriendo a la anarquía y desasosiego que crean entre los humildes viandantes de las banquetas y calles citadinas aquellas obras privadas y públicas que no tienen el más mínimo respeto por sus habitantes. Y si las quejas aquí expuestas son relacionadas a la circulación en automóvil privado o transporte colectivo, me cuestiono que será de los simples y mortificados peatones, aquello en lo que nos convertimos todos al final cuando se es de carne y hueso.
Los nuevos dueños de la metrópoli son las constructoras –grandes o pequeñas- que construyen edificaciones (también chicas y grandes) cerrando carriles completos de calles y avenidas. Primero aparece el remolque habilitado para oficinas de los ingenieros residentes, luego los conos (casi siempre grandes), los trabajadores con chaleco y banderín, después las grúas y los grandes camiones de volteo, -góndolas inclusive- para transporte de tierra y de materiales. En todo esto las autoridades municipales y estatales brillan por su ausencia. No existen para meter orden y buscar que los miles de autos privados (modelo de transporte que solo beneficia a las armadoras) transiten sin contingencias. Que se aguanten parece ser el lema del desarrollo urbano de estos gobiernos, y estos tiempos.
Las horas pico vuelven un dolor de cabeza [y otras cosas] el circular frente a lo que las infinitas construcciones privadas hacen con su frente y colindancias. El desorden, el pánico, la ansiedad y el estrés se apoderan de cualquier conductor y acompañantes (si no viene solo, solito, en su carro). Las calles se convierten en selva. La jungla se queda corta.
Pero cuando se trata de ser incompetentes y buscar con saña que la afectación sea mayúscula es con las obras públicas (sí, del gobierno). Obras, que deberían hacerse en tiempo record para no molestar a vecinos, negocios y quienes por ahí circulan, duran años, sí, eternidades. Y para ejemplo están las obras del gobierno estatal (sí Movimiento Ciudadano) en la calle 34, o en avenida Enrique Díaz de León en Guadalajara. O las de cualquier ayuntamiento de la zona metropolitana (sí, casi todos de MC), empezando por Zapopan, en donde ya ni siquiera los pobladores merecemos un aviso de obra, o un “disculpe las molestias”. Simplemente, y de acuerdo con modos autoritarios y arbitrarios de gobernar nos tenemos que: aguantar.
Los nuevos dueños de la ciudad son los constructores y los gobernantes -a veces son los mismos- que creen saberlo todo. Que han viajado por el mundo y que buscan que Guadalajara deje de ser un “rancho” para convertirse, mmm, en una gran mole de concreto en el piso, con paredes de vidrio, concreto y acero, y en los techos tinacos, tanques de gas y helipuertos. (Si usted busca albercas a los mejor las encuentra). En negocios jugosos para unos cuántos, en más calor citadino, y en millones de autos y motos circulando en desorden y maltrato.
Los nuevos dueños de la ciudad han cambiado a su antojo los planes de desarrollo urbanos, han afectado la calidad de vida de todos y parece que piensan que no nos damos cuenta de tales atropellos. De sus pingües ganancias. Que nadie diga nada no quiere decir que no pase nada. Sin embargo, se escudan en la historia de toda la vida: nadie pedirá cuentas. Como los de esta generación no hemos pedido cuentas a los que hicieron mal las cosas en los ochentas y noventas, y los de esas décadas a los que nunca hicieron bien las cosas en los sesentas y los setentas. Y así sucesivamente en secuencia regresiva. Nunca pasará nada, piensan. Ya es tiempo de que el colectivo pida cuentas. ¡Y exijamos mejor calidad de vida! Lo que nos ofrecen en este momento no está para felicitarlos.