La facilidad de matar

Ciudad de México /

El 22 de febrero de 1996 parecía día de fiesta en una zona de la prisión estatal de San Quentin, en California, (Estados Unidos). El reo William Bonin repartía sonrisas a amigos y familiares. Al terminar la reunión, el preso fue devuelto a su celda de vigilancia en el corredor de la muerte, donde encendió la televisión, pidió a los celadores dos pizzas grandes de pepperoni y salchichas y un helado de café.

Fue la última cena de William George Bonin. Al otro día tendría el dudoso honor de ser el primer prisionero de California en morir mediante una inyección letal.

Descrito por el fiscal de su primer juicio como “la persona más malvada que jamás haya existido”, Bonin, El asesino de la autopista, fue un predador serial que secuestró, violó, torturó y asesinó a 21 hombres jóvenes y niños entre 1968 y 1980 en el sur de California.

La trayectoria delictiva de Bonin no fue sino la repetición de adulto de un patrón de abusos sexuales que sufrió por parte de su abuelo materno y en el orfelinato en el que transcurrió parte de su infancia.

Al comenzar su etapa laboral como camionero, Bonin adquirió una furgoneta Ford de color verde, que también utilizó para sus agresiones. Su modo homicida de operar consistía en atraer jóvenes varones de entre 12 y 19 años a la camioneta para tener relaciones sexuales en un principio consensuadas.

Cuando la presa elegida se daba cuenta de que subir al vehículo había sido un error, era demasiado tarde: la pesadilla había comenzado. La víctima era esposada, sodomizada incluso con barras de hierro, castrada y quemada con cigarrillos, antes de ser asesinada por estrangulamiento. Después el cuerpo inerte era arrojado a un costado de la autopista.

Para la comisión de varios de sus delitos, Bonin contó con la participación de cuatro secuaces: Vernon Butts, de 21 años, quien se suicidó antes de llegar a juicio; Gregory Miley, de 18 años; James Munro, un fugitivo sin hogar, y William Pugh, de 17 años. Este último delató a Bonin cuando fue detenido por robo de automóvil. 

El asesino de la autopista jamás mostró arrepentimiento por sus acciones. Todo lo contrario, no tuvo empacho en decir ante los medios: “No podía dejar de matar”, pues, “cada vez era más fácil”.


  • José Luis Durán King
  • operamundi@gmail.com
  • Periodista; estudió en Historia en la UNAM y desde hace más de 20 años escribe la columna de periodismo negro “Vidas Ejemplares” en MILENIO los jueves cada 15 días. Autor de los libros Gentiles caballeros del terror, Vidas ejemplares. Asesinos en serie y De la región al mundo.
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