Los coleccionistas

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Publicada en 2003, la Encyclopedia of Murder and Violent Crime, compilación realizada por Eric Hickey, profesor y director del programa de posgrado de Psicología Forense de la Universidad de Walden, reúne a varios profesionales de la conducta, quienes vierten sus conocimientos en un tema que hoy afecta a las sociedades del mundo.

En el caso de Nicole L. Mott, la especialista brinda su opinión acerca de los trofeos y la fascinación que estos despiertan en los asesinos seriales: “Un trofeo”, señala, “es en esencia un recuerdo. En el contexto de comportamiento violento o asesinato, mantener una parte de la víctima como un trofeo representa el poder sobre ese individuo”.

Encyclopedia of Murder and Violent Crime no requiere artificios literarios para sorprender al lector. El dato duro de la crudeza de los asesinos basta para repartir generosamente cuotas de miedo espectaculares.

Hickey, por ejemplo, describe el caso de un hombre que abandonaba a sus víctimas con las cuencas de los ojos vacías. Indudablemente, se trata del asesino texano Charles Albright, un especialista en extirpar ojos.

Entre el 13 de diciembre de 1990 y el 18 e marzo de 1991, Albright impuso un estado de terror en las zonas rojas de Dallas. En algún momento, este individuo aprendió a remover ojos de forma quirúrgica, al grado que las autoridades por mucho tiempo supusieron que se trataba de un médico.

Pero no, Albright era un humilde carpintero con habilidades de taxidermista que gustaba coleccionar promesas de miradas.

Otro “coleccionista” fue el indonesio Ahmad Suradji, quien en su creencia de ser un brujo poderoso asesinó a 42 mujeres. Suradji no recolectaba prendas o joyería: él succionaba y bebía la saliva de sus víctimas.

Inspirador de varias películas, el personaje más prominente de Wisconsin, Ed Gein, era también un taxidermista consumado. Tenía otros gustos, es cierto, como robar tumbas y practicar la necrofilia.

Del robo de cadáveres, Gein levantó toda una industria de los objetos coleccionables: papeleras, sillas de piel (humana, por supuesto), cuencos elaborados con cráneos, máscaras a partir de rostros humanos, un vestido con senos femeninos y vello púbico.

Destaca, también, Jeffrey Dahmer, El Caníbal de Milwaukee, cuyo refrigerador rebosaba de partes corporales humanas, aunque tenía una extraña preferencia por coleccionar cabezas y genitales de sus amantes siempre ocasionales.

El 13 de julio de 1970 fue arrestado el hippie Stanley Dean Baker por un pequeño accidente de tráfico en California.

Cuando la policía llegó al lugar, Baker se puso nervioso, al grado de confesar qué había asesinado a un hombre en el estado de Montana.

Los uniformados, desconcertados, preguntaron qué había hecho con el cuerpo. Baker respondió tímidamente: “Disculpen, tengo un problema, soy caníbal”.

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  • José Luis Durán King
  • operamundi@gmail.com
  • Periodista; estudió en Historia en la UNAM y desde hace más de 20 años escribe la columna de periodismo negro “Vidas Ejemplares” en MILENIO los jueves cada 15 días. Autor de los libros Gentiles caballeros del terror, Vidas ejemplares. Asesinos en serie y De la región al mundo.
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