El 24 de enero de 1989, una multitud escandalosa se congregó en un campo frente a la Prisión Estatal de Florida. Una noche antes, muchas personas apagaron la luz de sus hogares para no desperdiciar ni un solo voltio de energía eléctrica.
¿El motivo? La ejecución de Ted Bundy en la silla eléctrica. A las 7:16 horas, autoridades de la prisión dieron a conocer el fin del proceso y, por ende, la muerte del predador.
El público estalló en júbilo, se abrieron botellas de champaña, hubo fuegos artificiales, golpearon sartenes y algunos comerciantes hicieron su agosto al vender playeras con leyendas como “Burn, Bundy, Burn!” (¡Arde, Bundy, arde!).
El cuerpo fue cremado y, de acuerdo con los deseos del asesino, sus cenizas fueron esparcidas en las montañas Cascade, en el estado de Washington, donde el criminal alguna vez jugueteó con los cadáveres de sus víctimas.
No todos los restos de los asesinos seriales son cremados. Hay ocasiones en que el cadáver es entregado a los deudos para sepultarlo si así lo desean.
Es el caso del asesino y profanador de tumbas Ed Gein, quien después de morir en el Instituto de Salud Mental Mendota, en Madison, Wisconsin, fue enterrado en el cementerio de Plainfield, entre los restos de sus padres y hermano, aunque fue en ese lugar donde el introvertido caballero profanó decenas de tumbas.
Muchos asesinos seriales no abandonan la prisión ni después de muertos. El cementerio Joe Byrd, en Huntsville, Texas, perteneciente al
sistema penitenciario de ese estado, alberga más de tres mil sepulturas. Ahí yacen presos que murieron bajo custodia y cuyos cuerpos no fueron reclamados, por ejemplo, el de Henry Lee Lucas.
Cabe destacar que muchas tumbas de los asesinos ejecutados las identifica un número de preso y una
marca relacionada con la ejecución, es decir, no hay lápida convencional.
Un último dato: tras su muerte el 7 de junio de 2013, el cuerpo de Richard Ramírez fue cremado por disposición de las autoridades del Departamento de Correcciones y Rehabilitación de California. No hubo familiares que reclamaran sus cenizas, vamos, ni su esposa. El destino final se mantiene como información confidencial.