Viviendo el mismo día

  • Paisajes abreviados
  • José Luis Vivar

Ciudad de México /
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Esta cuarentena me da la sensación de estar viviendo el mismo día, se quejaba una joven en redes sociales. Segundos más tarde, alguien le respondió que no lo había pensado así, pero que era cierto. Enseguida, el hilo se extendió en similitud de quejas con pocas variantes, hasta que una persona de mayor edad les señaló que estaban equivocados, porque si en vez de estar pendientes del reloj sin hacer nada, hicieran actividades productivas en sus casas y reflexionaran en torno a una situación que se torna cada vez más difícil, los días les resultarían bastante diferentes. Como es de suponer, las respuestas ofensivas a quien tuvo el atrevimiento de ir en contra de la opinión inicial se multiplicaron; pero al mismo tiempo dio pie a que otros más se sumaran a defender lo que sostenía la persona adulta: ningún día podía ser igual, todos son diferentes.

Y es que la dimensión del tiempo se vuelve compleja cuando se interrumpe el ritmo al que estamos acostumbrados. Las rutinas de cualquier índole son las que le dan sentido a la vida de cada uno. Los horarios establecidos para cumplir con dichas funciones nos hacen parte del tejido social al cual se pertenece. Y dejar todo de repente, no resulta nada fácil. Pero, esas son las circunstancias que nos tocan enfrentar, y debemos sacarle el mayor provecho para no seguir el ejemplo de quienes solo estan contemplando el reloj para ver cómo inicia y cómo termina cada día.

Lo anterior no es ninguna casualidad, por algo el Arte, de manera especial cine y la literatura universal, han tomado el tiempo como temática para ilustrarnos. Un buen ejemplo sería el cuento titulado “El Milagro Secreto”, de Jorge Luis Borges, donde nos cuenta la vida de Jaromir Hladik, escritor checo nada famoso, que por su condición de judío es detenido por la Gestapo un 19 de marzo de 1939.

Acusado por su condición hebrea destaca uno que es peor: su firma en un documento donde manifiesta su oposición al Anschluss -término alemán que se usaba para referirse a la fusión entre Alemania y Austria-, por lo cual es sentenciado a morir fusilado. La angustia que vive es impactante; el tiempo se le acaba y no va a poder terminar un drama que él considera su obra maestra: Los enemigos.

En su desesperación implora a Dios le permita terminar su obra, lo cual se hace imposible, debido a que los muros y los guardias de la prisión lo impiden. Finalmente, el 29 de marzo de ese fatídico 1939, Jaromir es conducido al paredón, y es tal su fervor que al momento en que las balas del pelotón emergen de los rifles, el escritor checo dispone de un año completo para escribir su drama. Es un trato entre él y Dios. Así que sin perder más tiempo del que dispone, organiza la trama, desarrolla la estructura y define a los personajes, escribe y corrige hasta quedar satisfecho. No se equivocaba, es su Obra Maestra. Cuando pone punto final, vuelve al paredón para recibir la descarga de esas balas que en su mente tardaron un año en llegar. Un día es algo más que veinticuatro horas, y cada uno de ellos en el aislamiento de la cuarentena pueden ser algo tan valioso como el tiempo extra para Jaromir Hladik. 


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