Hace años se cuestionaba que el deporte fuera manejado como un negocio. Existía la escrupulosa creencia de que los equipos profesionales no tenían por qué ganar dinero. Las organizaciones deportivas, se pensaba, debían actuar como instituciones sin fines de lucro: mantener planteles, pagar salarios o invertir en desarrollo a fondo perdido para ganar campeonatos, debía ser su único objetivo. Nunca estuvo mal visto, por cierto, que el deportista ganara dinero. Pero ganar dinero como organización deportiva parecía cosa del demonio, porque se concluía que la pasión, no podía articularse como una empresa. ¿Por qué debía ganar dinero con un equipo alguien que ya tenía el suficiente para darse el lujo de comprarlo? Esta lógica medieval del mecenazgo, que siempre miró el espectáculo deportivo como un derecho y no como un bien o servicio que genera beneficios económicos para sostenerse, repartirse o reinvertirse de acuerdo con un consejo de accionistas, es la misma que exige a los dueños de equipos en todo el mundo seguir metiendo dinero en el deporte sin otro rendimiento que la felicidad. La industria mundial se volvió tan competitiva que es imposible que una empresa o empresario a título personal meta un centavo en franquicias deportivas sin calcular el riesgo y medir los resultados que garantiza la categoría dentro del sector. Atrás quedaron los tiempos donde un multimillonario se compraba un equipo como hobby, o una corporación adquiría una franquicia endeudada por simple estrategia de mercado. Como en cualquier negocio, administrar un equipo exige legalidad y responsabilidad social, también ofrece crecimiento y productividad. Si no existieran empresarios dispuestos a arriesgar su dinero con vocación en nuestros equipos, todo ese dinero estaría muy cómodo en la bóveda de un banco o invertido en otro sector. Que los dueños de los equipos ganen dinero con ética y seriedad, en función del tamaño de cada mercado y su capacidad para gestionarlo, es lo mejor que puede pasarle a cualquier afición porque la rentabilidad, garantiza sostenibilidad. Pero si el dueño de alguna franquicia deportiva no gana dinero con ella, su afición debería estar muy preocupada por ello.
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