Rico en anécdotas, personajes, leyendas, apodos, barrios, cábalas, picardía y gambetas, el futbol sudamericano promovió con innumerables historias y relatos la popularidad del juego. Lleno de imaginación y locura dentro del campo, fuera de él siempre supo contarse y venderse como un reflejo de la vida.
Nadie como los sudamericanos, en particular brasileños y argentinos, para identificar sociedades torcidas o hinchadas. Además de jugarlo muy bien, lo han detallado de forma única, provocando una cultura alrededor del futbol con distintos géneros de expresión como literatura, música, cine, publicidad, y hasta la creación de un lenguaje futbolero enciclopédico. A veces esa cultura supera al futbol, convirtiéndose en el gran hilo conductor, como si la manera de vivirlo fuera más importante que el deporte.
Ese incuestionable patrimonio cultural concedió licencias de todo tipo, algunas folclóricas, otras aventureras y, en general, románticas, que le diferenciaron del resto del mundo como un espectáculo típico, original e inigualable. Las cosas que llegan a verse en algunos de sus campos son inverosímiles, pero esto, lejos de aportarles personalidad y autenticidad, empieza a restarles credibilidad.
Es difícil confiar en un deporte organizado donde: se invade la cancha para evitar el descenso de un club; dos equipos emblemáticos deben jugar una final de Libertadores en Madrid, como salida de emergencia; un torneo llamado Copa América no encuentra su tierra días antes de iniciar; o un clásico de selecciones rumbo al Mundial se suspende al minuto cinco porque la policía entró a perseguir futbolistas.
Para la historia, estos sucesos no serán anécdotas que alimenten rivalidades, pinten de color la tribuna, escriban relatos fantásticos, o se interpreten como detalles característicos de ese “admirado” surrealismo del futbol sudamericano que, sigue un camino donde hay puntos sin retorno.
José Ramón Fernández Gutiérrez De Quevedo