En política, las sorpresas son frecuentes. Pero no todas son apropiadas ni sensatas. Por si fueran pocos los temas atorados en la negociación del Presupuesto 2026 en Nuevo León entre el Congreso del Estado y el Ejecutivo, este último decidió incorporar, como proyecto prioritario, la ampliación de la presa El Cuchillo para –según el argumento oficial– incrementar su capacidad de almacenamiento de agua.
La propuesta resulta no solo sorpresiva, sino francamente irrisoria. Se plantea elevar cuatro metros la cortina de una presa que ya opera en su máxima capacidad, mientras continúa la extracción del líquido vital para saldar deudas hídricas e históricas con Estados Unidos y, de paso, sosteniendo al campo tamaulipeco. Las compuertas de El Cuchillo se abren por decisión federal, mientras en Nuevo León se insiste en hacerla más grande, confiando en que Tláloc compense lo que la realidad hidrológica desmiente.
No se trata de polemizar por el manejo del agua, pero la pregunta es inevitable: ¿No es contradictorio pretender gastar tres mil millones de pesos en agrandar un balde que se sigue vaciando, en lugar de invertir en la reparación de acueductos, mejorar la eficiencia del sistema o concluir adecuadamente la presa León, antes llamada Libertad, que aún no opera a plenitud?
Nadie discute que aumentar la capacidad de almacenamiento podría ser útil a largo plazo. Lo cuestionable es la forma y el momento. Sacar el proyecto de la manga en plena negociación presupuestal, sin un plan técnico consensuado con la Comisión Nacional del Agua, no genera confianza: genera sospecha y retrasa acuerdos.
Por más discursos sobre “cerrar filas” y responsabilidad financiera, usar el agua como argumento para justificar una solicitud de deuda cercana a los ocho mil millones de pesos es un error político y técnico. Con el agua no se juega, menos después de haber padecido la escasez. Y aunque en política casi todo se negocia, hay temas que no permiten improvisaciones ni sorpresas presupuestales.