Prohibir o controlar el uso de celulares en las escuelas es un debate de matices. Merecida la consulta nacional, propuesta por la Secretaría de Educación a nivel federal, para argumentar los pros y los contras.
Los puntos a favor de restringir su uso son: la reducción de distracciones, el cuidado de la salud mental y emocional, la prevención del ciberacoso y el fomento de la socialización. Pero también hay quienes defienden su uso como una herramienta pedagógica importante para el acceso inmediato a la información.
Por seguridad y comunicación, los padres de familia argumentan que el celular es una vía de contacto directo en caso de emergencia o para coordinar traslados. También están los defensores de la educación digital obligatoria, quienes sostienen que el deber de la escuela es enseñar a usar la tecnología con responsabilidad, no esconderla. Y, por último, está el argumento de la brecha tecnológica: para algunos estudiantes de bajos recursos, el celular es el único dispositivo con el que cuentan para conectarse a internet y realizar actividades escolares.
En todo este debate, aunque se intente escuchar a todos los involucrados —autoridades, expertos en tecnología digital, educación, seguridad, padres de familia y maestros—, son estos últimos quienes tienen más razones testimoniales. Charlando con una reconocida directora de una prestigiada secundaria pública, coincidíamos en algo: en las secundarias sí se debe prohibir su uso; en las preparatorias, regularlo.
Ella menciona, con ejemplos, que los menores de 15 años no deberían tener acceso total a las redes sociales. De ahí surgen retos virales como las amenazas de tiroteos en escuelas o el ciberacoso entre alumnos y maestros. Son problemas reales dentro de los planteles que, con una adecuada supervisión de los padres en casa, podrían evitarse.
Por eso, cualquier control de uso antes de llegar a las aulas debe surgir primero de la autoprotección en los hogares. No veo con qué sanciones pueda funcionar una responsabilidad tan grande como la de educar en medio de la inevitable tecnología, si no existe también el compromiso de los padres de los menores estudiantes.