La física del dolor

  • Columna invitada
  • Josué Becerra

Monterrey /
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En la escuela nos enseñan la física como una ciencia exacta. Conceptos como velocidad, fuerza, masa y aceleración pueden parecernos claros en el aula, pero es hasta que la realidad golpea con toda su crudeza cuando comprendemos sus consecuencias en la vida cotidiana. Un vehículo que circula a más de 130 kilómetros por hora tiene una alta probabilidad de convertirse, ante el menor descuido, en el escenario de un accidente mortal.

Así quedó demostrado en la reciente tragedia que conmocionó no sólo a las familias de cuatro jóvenes estudiantes, sino también a una sociedad que hizo suyo el dolor por un accidente que nunca debió ocurrir. Más allá del morbo, las imágenes del choque circularon profusamente en redes sociales, evidenciando la velocidad a la que viajaba el automóvil y la magnitud devastadora del impacto.

De acuerdo con datos del Observatorio Ciudadano de Movilidad y Seguridad Vial de Nuevo León, en lo que va de 2026 se han registrado mil 637 accidentes automovilísticos, principalmente en seis avenidas neurálgicas del Área Metropolitana. De los más impactantes, 216 han ocurrido sobre la carretera Nacional, una vía que parece invitar al exceso de velocidad. En el tramo entre Monterrey y Allende es frecuente observar cómo automovilistas y motociclistas la convierten en una pista de carreras, desafiando los límites permitidos y, muchas veces, al sentido común.

Más allá de la vigilancia o de los límites de velocidad establecidos, la diferencia la marca la prudencia de cada conductor. Quien decide acelerar irresponsablemente apuesta su vida y la de los demás en un volado contra la muerte.

Tras la tragedia resurgieron las propuestas de instalar radares detectores de velocidad, implementar patrullajes tipo carrusel por parte de la Guardia Nacional o de las Policías locales e, incluso, reactivar las polémicas fotomultas. También hay quienes exigen campañas de concientización en los medios de comunicación.

Permítame disentir. La campaña más efectiva es, paradójicamente, la más costosa: la que se paga con vidas.

Si cada uno de nosotros aprovechara su propio círculo familiar para hablar con los jóvenes atraídos por la adrenalina de la velocidad y hacerles entender que existen espacios seguros y controlados –como un autódromo abierto al público– para experimentar esa emoción, estaríamos enseñando mejor esa física aplicada que rara vez comprendemos en el salón de clases. Y, quizá, aprenderíamos la lección antes de que el dolor vuelva a recordárnosla con otra tragedia.


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