Siempre que nos referimos a un deporte –a cualquiera de ellos- por su esencia misma tenemos que aludir a la épica y ello es una prueba innegable de que de algún modo hemos ido un paso adelante con la civilización. Lamentablemente, sintonizamos un noticiero y tenemos múltiples evidencias de todo lo contrario; tal parece que seguimos siendo aquellos salvajes bajando las colinas para destrozarnos los unos a los otros.
Así las cosas. Desde hace mucho a los artistas les queda claro que siempre tendrán que pelear a la contra; se encuentran en una condición más vulnerable dado que su actividad no siempre es reconocida socialmente. Por su parte, los deportistas saben que tienen que competir siempre –en un principio contra sí mismos, luego existirán los contrarios-. Todo lo que hacen es una prolongación de la épica; sólo que atrás se quedan los campos de batalla y en su lugar aparecen las pistas, las canchas, las albercas y hasta las calles mismas.
Épica es civilización. Épica es cultura. La épica está en la naturaleza misma del deporte. Entonces, ¿Por qué acudir a exaltarla? ¿Por qué insistir en mencionarla? Porque se trata de una narrativa que relata las hazañas de héroes que representan los ideales de un grupo determinando o de toda una sociedad que asocia a estas personas con sus orígenes y destino como pueblo.
Y es que precisamente el libro que se presentó el miércoles pasado como parte del programa de Fomento a la lectura, que encabeza Corina Martínez para la UAEH, es un compendio de muchísimas cosas, pero especialmente se convierte en un bitácora de gestas épicas. Esas que convierten al futbol en El deporte más hermoso del mundo –como afirma el cronista chileno Luis Omar Tapia-. Porque “El arte del futbol” es una avalancha, una marejada y un terremoto juntos de datos e información que combinan diferentes expresiones de la cultura y el arte que tienen alguna relación con el balompié.
Debo señalar que la lectura de las 141 páginas que lo conforman y sus 90 infografías –como los minutos de un partido- puede ser algo desbordante debido a tantos detalles y conocimiento que contiene. José Bernal (de apenas 28 años) emprendió una tarea del nivel de un enciclopedista y que no sólo emocionará a los seguidores del futbol sino que otorgará un pase VIP para quien no conozca su historia, su trascendencia y la manera en que se encuentra entreverado con las expresiones culturales de cada pueblo.
Ante la abundancia de “El arte del futbol” (editado por Gato Blanco) uno no sabe en dónde y con qué quedarse; se trata de un libro dinámico que te va llevando a través de un desfile interminable de aspectos cuantimás peculiares y colocados en nuevos contextos. Porque a Bernal le ha apetecido relacionar a este deporte con películas, directores, libros, monumentos e incluso arquitectos. La trama de coincidencias y puntos de contacto es amplísima y un profesional infatigable se dio a la tarea de sistematizarlos y transformarlos en ágiles infografías que no dejan de fluir y ofrecer su contenido de una manera sumamente feliz.
Juro que me hallaba abrumado ante tantísimas posibilidades y maravillas que este volumen ofrece. ¿Por dónde debía comenzar su presentación? ¿Qué dato tenía que resaltar? Mientras leía la obra, River Plate perdía el superclásico, Boca avanza con una racha histórica de triunfos y en España se rasgan las vestiduras por el nuevo uniforme de la selección, que agrega un color púrpura que alude a la bandera republicana (y se oponía a la monarquía). Entre tanto, Cataluña sigue en llamas por el independentismo, cuyo reguero de pólvora llenó al Camp Nou de protestas varias. No me imagino al Barcelona jugando en otra liga.
Soy un convencido de que debemos aprender a escuchar la música del azar. Naturalmente se da un concierto en el que las cosas se van concatenando. Existe una cercanía entre asuntos y personas que se antojarían distantes e inconexos. Pero resulta que es todo lo contrario. Es por ello que celebro especialmente el ejercicio de El arte del futbol cuando entrecruza arquitectura y calcio. Y es entonces cuando me remite a un futbolista de excepción.
Porque lo que hacía Andrea Pirlo era arte puro y poco como él para ir construyendo desde los cimientos del equipo e ir progresivamente hilando pases que al llegar al gol ya semejaban rascacielos visualizados por Norman Foster o Le Corbusier. El nativo de Brescia, Italia, comenzó en 1994 a desparramar estilo y temple, a demostrar que el futbol –como en el resto de las artes aplicadas- el ritmo es un elemento básico. Ahora se despide.
A lo largo de más de 20 años de trayectoria, Pirlo, como el gran maestro que fue, nos deja lecciones memorables (y una copa del mundo para su país). En primer lugar, que no se necesita tener las condiciones de un súper atleta para destacar en el futbol; su anatomía no era la de un semi-dios como Cristiano Ronaldo. Podemos considerarlo un guerrero mucho más terrenal que sacó el máximo provecho de sus aptitudes físicas, pero que dejo en claro que es más importante la inteligencias y un coraje inquebrantable (de su solvencia técnica no hablemos).
Andrea Pirlo siempre sabía adonde colocarse y su imagen sempiterna será verlo arrancar desde el borde de su propia área grande y avanzar a media velocidad, con parsimonia y sapiencia para luego filtrar el pase exacto que finalizara en gol. El tremendo guardameta Gianluigi Buffon, su compañero en la Juventus y selección italiana, lo definió como: “un campeón que ha alternado clase, elegancia y humildad”.
Su gran mancuerna en la media cancha del Milán, Genaro Gatuzzo, cuenta que cuando lo vio jugar se cuestionó si él realmente poseía las cualidades para ser futbolista. Gatuzzo era un perro de presa, un perseguidor. Si hacemos –como José Bernal en su libro- y llevamos a esta mancuerna a los terrenos de la arquitectura y la construcción. Gatuzzo se encargaba de la obra negra y Pirlo concebía los grandes proyectos, hermosas edificaciones casi irrealizables. Si los trasladamos a un campo de batalla, Gatuzzo hacía las veces de un feroz soldado raso, mientras Andrea era el estratega que hace posibles acometidas letales y definitivas.
A todos esos símiles me ha llevado la lectura de “El arte del futbol”; tanto en el libro como en la carrera de Andrea Pirlo hay sobrada pasión de por medio y los dos hacen que la vida misma y no sólo el futbol sublime su naturaleza. A estas alturas del siglo XXI es aquí donde brota la aventura épica.
Ahora lo veo claro; surgió la magia. Pirlo es mundialmente conocido como “El arquitecto” y José Bernal estudió arquitectura, antes de saltar al terreno de juego de la comunicación. La teoría de los vasos comunicantes aparece y surgen conexiones sorprendentes. Bernal afirma en su libro que Pirlo es un arquitecto a la altura de Renzo Piano. Un revolucionario de la disciplina que no usaba compases, reglas ni computadoras; su herramienta principal sigue siendo sencilla: un balón puede contener un universo entero –hasta parece una visión borgeana-. En el futbol también aparece el milagro del arte. Y ahora tenemos un espléndido libro que da cuenta de todo ello.
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