La historia fiel y verdadera de la revolución de 1810

Ciudad de México /

Según Lucas Alamán su Historia de México, y en opinión de José María de Liceaga, es la más laboriosa y completa entre todas las de su clase, y la más acreedora por lo mismo al aprecio y estimación general.

A esto se suma que dicho trabajo desmintió las fábulas y cuentos ridículos que otras obras tenían en el momento. Es incuestionable, dicta Liceaga, que se consiguió el objeto que se propuso; pero si también en la suya se advierten no sólo equívocos, e incertidumbre, sino contrariedad con lo que se ha visto, o palpado, no podrá menos, que conocerse que todavía queda otra gran porción del mal que se intentó remediar.

Precisamente de allí surge que se busque la verdad de los hechos de la guerra de 1810 y nuestro paisano lo hace por ser testigo primordial. Y eso cuenta mucho para las indiscutibles peculiaridades de la observación histórica (Marc Bloch dixit).

“Soy el único que ha quedado en Guanajuato de los que presenciaron lo ocurrido desde el año diez hasta el veintiuno”, apunta en su magna obra.

Entonces nace Adiciones y rectificaciones a la Historia de México (1868) donde se da a la tarea de esclarecer y ampliar los puntos y las materias que no pudieron estar a su alcance. Y, por ende, nuestro autor, tomó la debida distancia —entre Independentistas y Realistas— para alejarse de toda afección y pueda, el lector, tener “las mejores garantías para el juicio que se forme acerca de los hechos que se relacionan en una y en otra obra; por lo que formando ambas un todo que merezca ser estimado como la Historia fiel y verdadera de la revolución del año de 1810”.

El letrado nos da el suficiente aliento para abordar el contenido con entera confianza y seguridad.

Ahora bien, en el Capítulo IV. Libro II hace su aparición Agustín de Iturbide en relación a lo ocurrido en el año de 1815 donde, luego de asestar un golpe a los insurgentes por la detención de un mozo, de nombre Gregorio, vinculado a José María Noriega, originario de Tula, “sujeto medianamente acomodado, y muy adicto a la insurrección, a la que procuraba cooperar con varios recursos que les proporcionaba a los jefes y partidarios de ella”; se le condujo a Irapuato, en donde Iturbide tenía establecido su cuartel general.

El preso fue interrogado severamente ya que le dieron “tantos y tan crueles azotes, que se quedaron tirados en el patio los pedazos de carne, que con ellos se le arrancaban, de manera, que se le veían hasta los huesos”.

Este era el proceder habitual de Iturbide, es decir, con semejante crueldad. Y también hace un alarde en las comunicaciones con el Virrey en turno a quien le cuenta el “rigor, con que castigaba a cuantos insurgentes caían en su poder”.

Iturbide está lleno de extravíos, errores y crueldades. Pero hay quienes lo quieren canonizar en el 2021.

* Poeta leonés. Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN).

  • Juan Carlos Porras
  • Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN).
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