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Para viajar en Guanajuato, capital

Juan Carlos Porras

Manjar literario le llama Martha Poblett al “testimonio vívido de un hombre apasionado que nos muestra a un tiempo la dura realidad de dos países hermanos [Colombia y México] que, (...) no han encontrado camino seguro del progreso material y espiritual para sus pueblos”. Hablamos del último tramo del siglo XIX en nuestro Bajío donde Federico Cornelio Aguilar S.J. nos lleva de la mano, desde su arribo a Ciudad de México el 1o de enero de 1883, para explicar, tanto a nosotros como a nuestros pariguales colombianos “las razones por las que México tuvo alguna vez la reputación de nación organizada y progresista”.

Inicia su serie de colaboraciones el viajero jesuita con el periódico El Pasatiempo de Colombia diciéndole al señor Redactor: “No hay cosa más triste para un colombiano que vive en el extranjero...”. Luego del lamento comienza a documentar lo que ve en México y compara lo dicho por los diarios mexicanos con alguno francés y, de manera posterior, alude al hecho colombiano de la prensa escrita.

Después el viajero apunta, como buen Cervantes, en su reporte: consigna lo que ve y lo que oye. Puntualiza la creación del valor que sólo reside en el se humano (Alfredo Acle Tomasini dixit) y para ello, en su mente deben combinarse inteligencia, información y método.

Hace del viaje, por consecuencia, del paseo, un arte. Es decir, enlaza la actividad intelectual y la actividad corporal para reconocer el espíritu: no una empresa seria sino un juego que permite recibir impresiones de las cosas que ve y oye.

Así que nuestro viajero y paseante disciplina su espíritu. Por ello anota bien y pongo, como ejemplo, algunos garbanzos de a libra:“Carta 3a. Guanajuato, febrero 28 de 1883. “(...) En Guanajuato no hay ríos, ni arroyos, ni manantiales, no hay más agua potable qu la caída del cielo en los cuatro meses de lluvia, y que es recogida, en cisternas o en grandes estanques fabricados entre los pliegues de los montes que cercan la ciudad por el sur.

Para el efecto los habitantes de la ciudad, han levantado dos gruesas y largas murallas, provistas de sus exclusas o compuertas y adornadas con asientos, barandas y árboles; esos muros o presas se extienden de un lado a otro de la estrecha cañada, formada por altísimos cerros de pórfido y pizarra arcillosa. Las aguas lluviosas se recogen allí en dos extensos recipientes, llamados la presa chica y la de la olla, y suministran a los habitantes de la ciudad el agua necesaria en los ocho meses de sequedad.”

Como verán nos cambia el paisaje y expandimos nuestro hábitat ya que incita a comprender a través de la palabra escrita. Eso es viajar por Guanajuato, capital. 

JuanCarlos Porras

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