Retrato con poeta

Ciudad de México /

a Milagros Salas Lara

Cuando una poeta, como Myriam Moscona, escribe que “el paisaje en su poesía [habla de Olga Orozco] es universo paralelo a la emoción”, yo, como lector le creo. No porque tenga obligación de suscribir algo por impulso sino porque “constituye un mundo de equivalencias propuesto con maestría [desde] la poesía”.

En efecto, dicho universo se construye a partir del oneirismo: ese fulgor del instante, que tanto gusta a los artistas y los proyecta a la cúspide de la liberación con su obra. Recordemos que la poesía es la danza de la cúspide de todo el proceso, porque se accede al vacío y a lo amorfo, a la esencia de la felicidad pura (Gary Snyder dixit).

La poesía de Olga Orozco (1920-1999) es mágica. Se insinúa desde un surrealismo que viaja entre lo mítico y lo ritual, entre el solar natal (con jardín) y el oráculo, entre la vida y la tragedia. Sus versos son un conjunto de relaciones entre una Sibila perenne —que se inspira en los astros y luego detalla— y una persona que transpira y pregunta cómo se puede hablar con el mundo. La respuesta conlleva a moverse dentro de una singular autenticidad y por razón natural dentro de la transparencia. Por eso apela nuestra poeta mayor, en buena medida, a Dios, a quien busca descubrir por transparencia (incluidas sus sombras). Un tanto a la manera del monje trapense Thomas Merton: “poseerlo a Él” para deslumbrarse por su presencia.

Para la autora de Los juegos peligrosos (1962) su quehacer poético es un acto de fe. En su poema «Desdoblamiento en máscara de todos», apunta: “Despierto en cada sueño con el sueño con que Alguien/ sueña el mundo. / Es víspera de Dios. / Está uniendo en nosotros sus pedazos”.

La víspera se vuelve adhesión y ésta congrega dominio y búsqueda. El poema simboliza poder: unión de todos (los fragmentos) para formar Todo. Allí estamos anotados en el Libro de la Vida porque Olga Orozco también reclama por todos (los que leemos) e insiste en hacer que el poema nos haga decir: “(...) cómo nombrar en este mundo con esta sola boca”.

Es la misma certidumbre que veo en Darío cuando escribió sobre quienes proponen componer ‘el canto de alabanza colectivo’: “¡Torres de Dios! ¡Poetas!/ ¡Pararrayos celestes,/ que resistís las duras tempestades,/ como crestas escuetas,/ rompeolas de las eternidades!/”.

Claro que, el canto colectivo como la vida misma, tienen correspondencia entre sus creadores y con los lectores que participamos en la revelación de la palabra en este mundo imperfecto. Por eso la poesía ayuda, “como organismo vivo, rebelde, en permanente revolución, en permanente metamorfosis”, a perdurar en el mundo al hombre. 


Juan Carlos Porras *

* Poeta leonés. Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN)

  • Juan Carlos Porras
  • Editor fundador de Grupo Ochocientos y actual director del Centro de Investigación y Estudios Literarios de León (CIEL-LEÓN).
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