Escribo poco, regularmente durante las tardes. Ahora oscurece más temprano pero, dicen los abuelos, que éste es el tiempo de Dios; el otro es una mala práctica humana. Siempre he tenido la facultad de atender dos o tres asuntos a un tiempo.
A veces me rebasa el avance tecnológico. Yo tenía un radio de esos que usaban los personajes de Eraclio Zepeda en sus cuentos. ¿Transistores? Creo sí. O ya no sé. Yo lo tenía cerca de mi máquina Olympia con la que aún trabajo.
Ha llovido a destiempo y hace poco mi radio se quemó porque traté de sustituir las pilas por un eliminador que parecía una cajita inofensiva. Ni modo, fue como si lo hubiera quemado un mal rayo, tal como me pasó con el otro ya que el más antiguo lo dejé olvidado en el viejo edificio de la 3 Oriente.
Anduve buscando un sustituto y me fue muy difícil. Las grandes tiendas departamentales no los conocen y me sugirieron que bajara una aplicación al celular que sólo uso para emergencias o que me comprara unas bocinas que se usan con bluetooth. Soy tan conservador que recurrí a mis amigos del portal para que buscaran uno quizá extraviado en su almacén. No lo hallaron: ya no hay.
Entonces, milagrosamente, una querida amiga mía a quien le platique el caso, me dijo que ella había conservado uno. Recorrimos su casa que es grande y llena de objetos y santos de terracota y ahí estaba como hablándome. Un radio negro que probé ahí mismo: funciona bien.
Ya lo conecté junto a mi Olympia mientras termino de escribir este anecdotario.
Coincide lo que narro aquí con la re lectura del cuento de Eraclio Zepeda que está publicado en “Asalto Nocturno” (Premio Nacional de Cuento, SLP, 1975), donde una pareja se mantiene unida (a pesar de vivir separados) porque se prestan y se regresan un radio de transistores.
Es probable que por eso mismo las películas donde aparecen objetos raros me cansan y no termino de verlas. Siempre me casa lo inverosímil. Sin saberlo, mi amigo E. Zepeda creo el síndrome “Asalto Nocturno”: que no falte un radio en casa, aunque parezca increíble a las nuevas generaciones. Van estas líneas como un homenaje al imaginativo escritor de largas y amenas conversaciones, a Eraclio -Laco- Zepeda.