El cambio del embajador de México en Estados Unidos expresa un conveniente cambio de tono en nuestra política exterior hacia aquel país y se le vincula con las posibles implicaciones que pudiera tener para México una candidatura eventualmente triunfadora de Donald Trump.
¿Será preciso que ajustemos desde ahora nuestra visión del personaje a la muy probable coexistencia con él habitando la Casa Blanca? Es pronto para tener respuestas terminantes, pero no considerarlo sería carecer de prospectiva política suficiente. Cualquier cuadro público de nivel para entender este hecho comprenderá también que los extremismos de las campañas en el modelo democrático estadunidense no podrán ser los hechos que den ruta automática a las políticas de gobierno.
En síntesis, si Trump gana (cosa probable), la relación entre México y Estados Unidos continuará, y es necesario prepararse para esto aportando la prudencia y la inteligencia de las herramientas básicas de la política.
¿Qué sí es y qué no es Donald Trump?
Es el empresario estadunidense que hizo crecer la empresa inmobiliaria de su padre, y un indudable líder mediático cuando menos durante la última década, un eficiente propagandista, un pragmático y también un convencido de que en esta época los fenómenos de masas pueden redituar en muy directo capital político.
Lo que Donald Trump no es: un xenófobo antilatinoamericano, tampoco un innovador político plegado a una doctrina.
Trump construyó un discurso oportuno para una base social inadecuadamente atendida por los liderazgos que naturalmente deberían hacerlo, permitiendo su radicalización. Trump encontró cómo crecer de manera rápida y sistemática ante un conglomerado de electores que él no creó, pero que sí supo aprovechar y que sus detractores le permiten sumar con muy poco esfuerzo o escaso compromiso.
Desafortunadamente, lo que muchos líderes de opinión mexicanos hicieron con un Trump que suponían débil fue iniciar una ofensiva poco prudente, que orilló al precandidato a profundizar esa línea consolidando el dividendo electoral y obligándolo también a seguir bordando sobre el tema. Tanto cadenas televisivas como personajes hispanos hicieron de Trump una "bestia negra" y creyeron erróneamente (aún creen algunos) que oponerse a su candidatura le resta viabilidad; infortunadamente ha ocurrido lo contrario.
Es preciso desescalar el discurso hispano, es indispensable no dejarse llevar por los excesos del presidente de Venezuela, quien calificó de bandido y ladrón al precandidato, y darle salida a Trump, quien, obviamente, mientras la campaña dure, puede incrementar o matizar su discurso antimexicano en función de la comprobada rentabilidad electoral de sus presuntas desmesuras.
Lo cierto y auténtico es que un empresario inmobiliario de 69 años ha convivido toda su vida con migrantes hispanos, conoce bien México, ha hecho negocios aquí. Trump como presidente, más allá de su insistente posición sobre un muro físico en la frontera, pragmáticamente deberá encontrar soluciones a una realidad que arrastra a las dos naciones y, si los mexicanos migran, es debido a una realidad económica que los obliga a esa decisión extrema: nadie le ha pedido a Trump que se manifieste sobre los modos de consolidar la economía mexicana para reducir la migración. La mejora económica de México sí la puede reducir drásticamente.
Para entender a Trump comencemos por caracterizar a un presbiteriano de religión, descendiente de anglo-alemanes, con una hija convertida al judaísmo, que ha sostenido: "Toda mi vida he sido una persona exitosa y alguien que solo es modestamente exitoso no puede liderar el partido republicano. Vamos a hacer a este país grande de nuevo". Frase dicha por el presentador televisivo Trump que despedía drásticamente a más de sus 60 "aprendices" en cadena nacional tiene una connotación específica para quienes identifican el sueño americano con las reglas sociales que permiten el éxito económico en una nación defensora de la democracia.
Para el estadunidense promedio, ser exitoso es ser parecido a Donald Trump, el personaje expuesto a los medios de comunicación por 40 años, siempre polémico, que forzó al presidente Obama a mostrar su acta de nacimiento; Sus características personales son, precisamente, la garantía Trump de que la personalidad prevalece sobre la circunstancia y que es necesario saber "crecerse al castigo".
La ley en Estados Unidos cataloga a millones de mexicanos como ilegales, estos migrantes en múltiples casos no quieren ser estadunidenses y para ello preservan su orgullo nacional.
El prestigiado centro PEW Charitable Trust en Philadelphia, en una encuesta publicada en 2013, dice: "Al menos 7 de cada 10 estadunidenses están a favor de que los inmigrantes indocumentados tengan un estatus legal en el país; sin embargo, solo 43 por ciento apoya que tengan la ciudadanía; el estudio de marzo de 2013 también sostiene que 49% de los estadunidenses afirman que los inmigrantes fortalecen al país debido a su trabajo duro y a sus talentos, mientras que 41% afirma que son una carga por tomar los trabajos de los estadunidenses".
Dos de cada tres mexicanos de los 5.4 millones de inmigrantes ya legalizados que son candidatos elegibles a la ciudadanía jamás han buscado ésta; por tanto, la premisa sostenida por Trump de que el derecho de nacimiento será sustituido por el de sangre no es tema que impacte a este sector que no quiere ser ciudadano aun pudiendo serlo.
Es tiempo de darle densidad al debate, aprovechar la crisis que Trump desata para asumir que, con él o sin él, el actual estado de cosas es complicado y tiende a complicarse entre México y Estados Unidos.
A las inteligencias de este lado del río Bravo conviene tratar de actuar con más seriedad y no con posiciones emblemáticas y militantes; más allá de la ilusión de que un bloque hispano contendrá a Trump, es preciso percatarse de cómo quedaremos si esto no sucede. Por otro lado, el escenario de un ganador diferente dista mucho de ser una panacea: las realidades estructurales de la migración y de la balanza comercial, entre otras, ahí siguen. El debate no es, pues, si Trump gana o no, sino cuál es el plan estructural de México para mantener su cohesión, vigencia y viabilidad como Estado nacional frente a una franja de seguridad que varios sectores en Estados Unidos ponderan como indispensable en el norte de nuestra frontera.
Diremos como síntesis lo siguiente: 1.- No depende de las televisoras hispanas que Trump gane o pierda. 2.- Un gobierno no debe asumir posiciones frente a un precandidato, porque se coloca al filo del intervencionismo. 3.- Si se le dan salidas a Trump, puede ser, en muchos temas, aliado no estridente de políticas estructuradas hacia México. 4.-Trump no solo necesita ganar, también deberá, en ese caso, gobernar; tener listo el cuaderno de contingencias, y un diálogo inteligente es obligación de cualquier gobernante mexicano frente a un posible presidente estadunidense. 5.- En el extremo, a todos conviene cambiar el estatus de la migración ilegal a legal; revisemos esquemas de migración laboral y otros. 6.- La integración NAFTA se consolida diariamente; generemos un mecanismo en el que cualquier gobierno estadunidense asuma compromisos frente a esta realidad. 7.- Es recomendable que los hispanos que rodean a Trump no sean todos defenestradores del gobierno mexicano; tendamos puentes con ellos ya. 8.- No protagonicemos roles en la elección de Estados Unidos, es un pésimo antecedente para que nos hagan lo mismo.
* El autor es licenciado en derecho con estudios de posgrado en Relaciones Asia-Pacífico, consultor político, CEO de Connection México Global, asesor de distintas instituciones y partidos políticos.
ceomex@connectionmexicoglobal.com