Belén: crónica de un checkpoint

Laguna /

Una mujer de mediana edad, con una túnica que cubre su cabello, camina con paso acelerado entre los taxis amarillos estacionados sobre lo que alguna vez fue la avenida más importante de Belén, esa que conectaba directamente con Jerusalén.

Hoy es una calle corta, de no más de doscientos metros, detenida en el tiempo. A los costados, los taxis esperan, alineados como si todavía existiera el tránsito que les daba sentido. 

Sus conductores, aguardan a que algún cliente pida un traslado dentro de la Cisjordania ocupada. Entre ellos, algunos paisanos venden frutas, verduras, café en vasos pequeños.

Al fondo, como si fuera el final natural del camino, se levanta un bloque de hormigón.

A la izquierda, a menos de un kilómetro, se alcanza a ver el muro: una barrera de concreto de hasta ocho metros de altura que serpentea entre campos de olivos. 

Desde 2002, cuando comenzó su construcción por parte de Israel bajo el argumento de seguridad, el muro no ha dejado de avanzar.

Ella avanza hacia ahí.

Llega a la fila. Se forma. Delante y detrás de ella, hombres y mujeres como ella, trabajadores, madres, jóvenes, todos esperando cruzar. Nadie habla demasiado. 

El movimiento es mecánico: avanzar unos pasos, detenerse, avanzar de nuevo.

Después de unos minutos —o tal vez más, el tiempo en la fila siempre se dilata— entra al edificio de hormigón.

Cruza unas primeras puertas metálicas. No hay soldados a la vista, sólo otros palestinos que, como ella, intentan pasar. Un pasillo largo, estrecho, frío. Luego otra entrada.

Ahora sí: dos cabinas. Entre ellas, accesos delimitados por arcos detectores de metal y una banda transportadora.

Coloca su bolsa negra sobre la banda. Dentro lleva lo cotidiano: un poco de pan, tal vez khubz envuelto en tela, algunas aceitunas, un documento. Lo necesario para el día. 

Nada extraordinario, salvo el hecho de tener que mostrarlo todo.

Avanza hacia el torniquete.

Desde una de las cabinas, un soldado israelí le habla en hebreo. Ella entiende lo suficiente. 

Se acerca, entrega un permiso: un papel indispensable para cruzar. 

Desde los acuerdos de Oslo en los años noventa, el territorio palestino quedó fragmentado, y hoy, para muchos, moverse incluso entre ciudades cercanas depende de autorizaciones como esa.

El soldado revisa. Pasan unos segundos que parecen más largos de lo que son. Una luz verde se enciende. Ella cruza. Otro pasillo. Y al final, la salida.

Afuera, la continuación de la misma avenida que empezó en Belén, pero ahora en otro mundo. Esa vía que alguna vez fue continua hoy está partida por controles, muros y permisos. 

Son apenas quince kilómetros hasta Jerusalén, pero no es una distancia: es una frontera repetida.

Ella espera en la banqueta.

Poco a poco llegan más personas. Todos palestinos con permiso para entrar a Jerusalén, una ciudad cuyo estatus sigue siendo uno de los puntos más disputados del conflicto: considerada territorio ocupado por gran parte de la comunidad internacional, pero reclamada como capital tanto por Israel como por Palestina.

Llega el autobús. Es un autobús público israelí.

Se abre la puerta. Suben. Encuentra un asiento. A su alrededor, rostros similares: árabes, musulmanes, trabajadores que hacen ese trayecto todos los días.

El camión avanza.

Por la ventana, el paisaje cambia: carreteras más amplias, construcciones nuevas, asentamientos. 

Colonias israelíes levantadas en territorios ocupados, consideradas ilegales por el derecho internacional, pero en constante expansión sobre la tierra que otros habitaron.

El contraste es inmediato.

El autobús se adentra en una ciudad que pretende ser moderna, limpia y ordenada. Otra lógica. Otro ritmo. Llega a la estación. El trayecto termina. Pero no el cruce.

  • Juan José Rojas Torres

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