Lo que el cronómetro no cuenta al correr un maratón

Ciudad de México /
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El 25 de febrero de 2018 corrí el Maratón de Tokio en 2 horas, 10 minutos y 55 segundos. Era el año en que cumpliría 35 y fue mi mejor marca personal. Ocho años después, el 20 de abril de 2026, corrí el Maratón de Boston en 2 horas, 24 minutos y 16 segundos, en el año en que cumplí 43. Entre una marca y otra hay 13 minutos con 21 segundos. Si la historia se mira únicamente desde el cronómetro, la conclusión parece sencilla: en 2026 corrí peor. Pero el cronómetro, tan preciso para medir una carrera, no alcanza a medir a la persona que llega a la meta.

En 2018, correr respondía a la lógica del alto rendimiento. El entrenamiento no era una actividad que acomodaba entre otras responsabilidades; buena parte de mi vida se organizaba alrededor de él. Los horarios, la alimentación, el descanso, los viajes y la recuperación tenían una pregunta de fondo: ¿esto me ayudará a correr más rápido? El cuerpo era una herramienta de trabajo y cada sesión buscaba acercarlo un poco más a su límite.

No reniego de esa etapa. La elegí, la disfruté y me permitió vivir experiencias extraordinarias. Sin embargo, el gozo de correr estaba inevitablemente ligado al resultado. Una buena competencia confirmaba meses de trabajo; una mala podía hacer que todo pareciera insuficiente. En el alto rendimiento, unos cuantos segundos separan la satisfacción de la frustración y, sin darnos cuenta, podemos terminar confundiendo el tiempo que marca el reloj con el valor de lo que hacemos.

En 2026 mi vida es distinta. Soy padre, esposo, entrenador y tengo responsabilidades que no se detienen para que yo pueda entrenar. Ya no organizo el mundo alrededor de mi carrera; ahora busco un espacio para correr dentro del mundo que me toca vivir. Algunas sesiones empiezan después de resolver pendientes, otras se acomodan entre viajes, trabajo y compromisos familiares. La rutina es menos perfecta, pero también es más consciente. Cada kilómetro tiene que convivir con todo lo demás.

Por eso, cuando crucé la meta de Boston en 2:24:16, no sentí que fuera una versión fallida del corredor que hizo 2:10:55 en Tokio. Era otro corredor. Uno con más años, otras prioridades y una relación diferente con su cuerpo. Aquella marca no pretendía demostrar que seguía perteneciendo al alto rendimiento. Representaba algo más personal: comprobar que correr todavía tenía un lugar importante en mi vida sin necesidad de ocuparla por completo.

Antes entrenaba para llevar mi cuerpo al límite; hoy corro para cuidarlo. Antes la recuperación era una estrategia para volver a exigir; hoy es parte de mi salud. Antes una sesión servía para confirmar un estado de forma; ahora también me ayuda a ordenar las ideas, manejar el estrés y encontrar un momento propio. El beneficio ya no termina en lo físico. Correr se ha convertido en una forma de equilibrio mental y emocional.

Eso no significa que haya desaparecido la ambición. Todavía disfruto entrenar con estructura, sentir el esfuerzo, preparar una competencia y exigirme cuando corresponde. Correr por salud no es correr sin objetivos ni renunciar al deseo de mejorar. La diferencia está en que el resultado dejó de definirlo todo. Descansar cuando lo necesito no es rendirme. Ajustar una sesión no significa falta de compromiso. Un mal día ya no pone en duda toda mi relación con el deporte.

A muchas personas les sucede algo parecido después de los 40 o los 45 años. Volver a moverse suele venir acompañado de una comparación constante con el pasado: el ritmo que teníamos, el cuerpo que recordamos, el tiempo libre que alguna vez existió. Si cada entrenamiento se convierte en un examen contra la persona que fuimos hace diez o veinte años, el ejercicio termina recordándonos lo que perdimos. Pero nuestro cuerpo actual no es una copia defectuosa del anterior. Es un cuerpo con historia, responsabilidades, aprendizajes y nuevas necesidades.

Tal vez una parte importante del bienestar consista en dejar de utilizar el ejercicio como castigo por haber envejecido y comenzar a vivirlo como una manera de habitar mejor la edad que tenemos. No todos necesitamos regresar a nuestras antiguas marcas. A veces el verdadero progreso consiste en dormir mejor, tener más energía, recuperar confianza o conservar un espacio que nos hace bien. También eso es rendimiento, aunque no aparezca en una clasificación.

El cronómetro no sabe cuántas noches dormimos poco, cuántos problemas resolvimos antes de salir a entrenar, cuántos hijos acompañamos, cuántos atletas guiamos ni cuántas veces tuvimos que comenzar de nuevo. Solo registra la hora de salida y la de llegada. Esa es su utilidad, pero también su límite. Entre Tokio 2018 y Boston 2026 no transcurrieron únicamente 13 minutos con 21 segundos: transcurrieron ocho años de vida.

A los 35 corría para descubrir hasta dónde podía llegar. A los 43 corro para cuidarme y poder continuar. No necesito vencer al atleta que fui; necesito que correr me ayude a estar bien con la persona que soy hoy. Hay marcas personales que se miden en minutos y segundos. Otras se miden en salud, tranquilidad y ganas de volver a salir. Esas no aparecen en los resultados, pero con los años pueden convertirse en las más importantes.


  • Juan Luis Barrios
  • Corredor y fondista mexicano, considerado una de las figuras más emblemáticas del atletismo nacional. Fue finalista olímpico en los 5,000 metros planos en Beijing 2008 y Londres 2012. Actualmente es coach.
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