La música popular mexicana tiene en José Alfredo Jiménez a su filósofo más entrañable. No porque haya escrito tratados, sino porque supo convertir la experiencia cotidiana en meditación existencial. Camino de Guanajuato, compuesta en 1953 y estrenada en la Feria de León en 1954, es quizá su obra más radical, un corrido que recorre pueblos y montañas para reflexionar sobre la vulnerabilidad de la vida, la memoria de la pérdida y la esperanza que se busca en la fe.
La canción abre con una sentencia lapidaria: “la vida no vale nada”. No es exaltación de la violencia, sino advertencia sobre la fragilidad de la existencia. La vida se arriesga, por decisión propia, en juegos, se trivializa en ferias, pero también se pierde en accidentes o enfermedades. José Alfredo no celebra la muerte, la denuncia. Nos recuerda que la existencia es vulnerable.
“Comienza siempre llorando y así llorando se acaba”. Aquí profundiza en la condición humana: la vida inicia con llanto y termina con llanto. Es una visión filosófica de la existencia como tránsito marcado por la alegría y el dolor, pero también por la conciencia de su fugacidad.
“Bonito León, Guanajuato, su feria con su jugada”. La mención a esta ciudad probablemente se deba a que es la urbe más grande del estado y su feria es importante, pero más que banalizarla con la idea de que “ahí se apuesta la vida y se respeta al que gana”, se hace una metáfora de la existencia. Apostar la vida no significa glorificar la violencia, sino reconocer que vivir implica tomar decisiones y arriesgarse en elecciones que pueden marcar destino. La feria se convierte en símbolo de que cada paso es una apuesta consciente y el reconocimiento al vencedor no es alabanza de la fuerza, sino aceptación de la consecuencia de haber decidido.
“No pases por Salamanca, que allí me hiere el recuerdo”. Se dice que ahí perdió la vida un hermano de José Alfredo, unos refieren que en un accidente en la refinería y otros que por enfermedad. La advertencia es natural: evitar el sitio que recuerda el dolor de la pérdida. Salamanca simboliza los tramos del camino que preferimos no recorrer, los recuerdos que nos confrontan con la tristeza profunda. Todos tenemos un “Salamanca” en nuestra historia personal.
“El Cristo de la montaña, del Cerro del Cubilete”. La canción ofrece una imagen de trascendencia: el Cristo, erguido en lo alto, es símbolo de fe y esperanza. Representa la mirada que observa y protege, la espiritualidad que dignifica la vida frágil. Filosóficamente, es metáfora de la trascendencia: aunque la vida parezca no valer nada, existe una dimensión espiritual que la sostiene.
“Ahí nomás tras lomita se ve Dolores Hidalgo”. El itinerario culmina en el lugar de nacimiento de José Alfredo. Dolores Hidalgo es identidad, pertenencia y raíz. El camino no termina en la feria ni en la tragedia, sino en la memoria del origen, donde la vida recupera sentido.
Camino de Guanajuato no es un canto a la violencia ni a la desesperanza. Es una filosofía popular que nos enseña que la vida, aunque frágil, puede encontrar sentido en la memoria, en la fe y en los lugares que nos acompañan. León, puede ser símbolo de la fugacidad; Salamanca, de la pérdida; el Cristo de la montaña, de la trascendencia y Dolores Hidalgo, del refugio y la identidad.
José Alfredo Jiménez nos recuerda que la vida es tránsito entre espacios de dolor y espacios de esperanza, entre advertencias y refugios, entre la fragilidad y la trascendencia. También, tal vez sin proponérselo, escribió un tratado de filosofía popular en forma de canción. Camino de Guanajuato nos recuerda que la vida, aunque vulnerable, puede valerlo todo cuando se rescata en la memoria y en la esperanza compartida. Si bien es cierto, la canción no recorre literalmente toda esa bella entidad de la república, quienes, por las razones que sean, estamos unidos a Guanajuato, sabemos que en cada verso late nuestra propia identidad.