La historia está llena de quienes imaginaron un dominio perpetuo. Jerjes I creyó que su imperio podía someter a pueblos indomables. Atila, se veía como dueño de un poder capaz de doblegar a Roma y extender su influencia sobre Europa. Gengis Kan, levantó el imperio terrestre más vasto de la historia, que se prolongó por cerca de dos siglos antes de fragmentarse. Luis XIV, con su reinado de más de siete décadas, quiso proyectar la imagen de una monarquía eterna. En tiempos más recientes, Hitler proclamó un Reich destinado a durar mil años, pero su proyecto se derrumbó en apenas doce. Mussolini imaginó un nuevo Imperio Romano y, después de once años en el poder, terminó colgado en una plaza pública. Saddam Hussein, se veía indestructible en medio de un mundo cambiante.
Todos ellos muestran que la expansión desbordada termina por desgastar la cohesión interna y que la fuerza militar sin instituciones sólidas es un edificio construido sobre arena. Descubrieron, además, que la eternidad política es un espejismo que el tiempo disuelve con la misma rapidez con que la erige.
En Auge y caída de las grandes potencias, Paul Kennedy advierte que las naciones ascienden y declinan cuando la tensión entre recursos y ambiciones se vuelve insostenible. Su obra es un recordatorio de que el poder nunca es eterno. Hoy, esa intuición sirve como telón de fondo para pensar el presente, pero el debate se ha enriquecido con voces contemporáneas que miran más allá de la economía y la fuerza militar.
Yuval Noah Harari manifiesta que las potencias actuales no solo enfrentan el riesgo de rebasar su capacidad militar, sino también la vulnerabilidad de sus sistemas digitales y la dependencia de cadenas globales de suministro. Para él, el verdadero talón de Aquiles de los imperios contemporáneos es la incapacidad de controlar la revolución tecnológica que ellos mismos desataron. La caída puede ser silenciosa, un colapso de confianza en sistemas que parecían invulnerables.
Moisés Naím, en El fin del poder, plantea que el poder se ha vuelto más fácil de obtener, más difícil de ejercer y más sencillo de perder. Su diagnóstico complementa la tesis de Kennedy, ya no se trata solo de imperios que se desgastan por exceso de compromisos, sino de un escenario donde actores pequeños (empresas emergentes, movimientos sociales, incluso individuos con habilidades digitales) pueden desafiar a gigantes estatales y corporativos. La caída de las potencias no es un derrumbe espectacular, sino una erosión constante por fuerzas dispersas que minan la autoridad.
Hannah Arendt subrayó que el poder no es mera fuerza, sino acción concertada y legitimidad compartida. Cuando las potencias confunden poder con violencia, su caída se acelera. La historia muestra que ningún imperio puede sostenerse solo en la coerción, necesita un relato que otorgue sentido y cohesión. Sin esa narrativa, el poder se convierte en violencia desnuda, incapaz de sostenerse en el tiempo.
En nuestros días las potencias enfrentan riesgos diferentes, pero igualmente corrosivos: la vulnerabilidad tecnológica, la dispersión del poder y la fragilidad de la legitimidad política hacen que la hegemonía sea más difícil de sostener que nunca. El poder ya no se mide solo en ejércitos o riqueza material, sino en la capacidad de gestionar datos, dar rumbo correcto al desarrollo de la ciencia y la tecnología, construir narrativas legítimas y mantener la cohesión social. El gran desafío de las hegemonías actuales es dominar e influir sin avasallar.
Paradójicamente, vivimos en la era de la información, una era que con frecuencia genera más confusión que certeza. La historia, la tecnología y la sociedad conspiran para recordar que ninguna supremacía es eterna. La decadencia de las hegemonías no anuncia un vacío, sino la certeza de que el poder se fragmenta y se redistribuye, dejando atrás a quienes creyeron y aún creen, poseerlo para siempre.