El rearme de Europa: cuando la defensa quiere dejar de ser un gasto

León /
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Europa está cambiando de piel. El continente que durante décadas presumió haber domesticado la guerra y convertido la paz en su identidad política está entrando, casi sin admitirlo, en una fase de rearme acelerado. Pero lo más revelador no es la compra de armas ni el tamaño de los presupuestos: es la lógica que empieza a justificarlos. La defensa dejó de verse como un costo inevitable y comenzó a presentarse como una inversión que debe generar valor, como si los ejércitos pudieran —y debieran— ser rentables.

El caso alemán es el más claro. El país que durante años evitó cualquier protagonismo militar ahora encabeza el mayor esfuerzo de rearme en Europa. Berlín no solo elevó su presupuesto a niveles históricos: creó un fondo extraordinario de 100 mil millones de euros y planea duplicar su gasto militar para 2029. Lo importante no es la cifra, sino la intención. Alemania quiere que su ejército impulse su industria, genere innovación y reduzca dependencias externas. La Bundeswehr ya no es solo un instrumento de defensa: es un activo económico en construcción.

Y Alemania no está sola. Polonia gasta más del 4% de su PIB en defensa. Suecia y Finlandia aceleran su integración militar tras entrar a la OTAN. Francia insiste en liderar la autonomía estratégica europea. Italia y España reactivan industrias que llevaban años dormidas. Europa está construyendo un ecosistema militar que no solo protege, sino que produce, emplea, innova y exporta. La defensa, dicen ahora, debe dejar de ser un agujero presupuestal y convertirse en un motor económico.

Pero mientras Europa acelera, también tropieza con sus propias contradicciones. El Sistema Aéreo de Combate del Futuro (FCAS) nació como la gran apuesta para desarrollar un sistema de combate de nueva generación: enjambres de drones, un caza de sexta generación, interoperabilidad total. Era el proyecto que debía demostrar que Europa podía competir con Estados Unidos y China en tecnología militar avanzada.

El plan original contemplaba un vuelo de prueba en 2027 y la entrada en servicio hacia 2040. Pero las tensiones entre Dassault y Airbus —sobre todo por la propiedad intelectual del software de vuelo— fueron retrasando el calendario. Finalmente, este mes, Alemania y Francia anunciaron la cancelación definitiva del FCAS, poniendo fin a la iniciativa militar más ambiciosa que Europa había intentado en décadas.

La paradoja es evidente. Europa habla de autonomía estratégica, pero compra F 35 estadounidenses. Aspira a la independencia militar, pero depende de tecnologías ajenas. Quiere una industria propia, pero sus proyectos conjuntos avanzan con una lentitud que desespera. El rearme europeo está lleno de ambiciones, sí, pero también de contradicciones que lo persiguen desde hace años.

Lo que está en juego no es solo la seguridad del continente, sino su modelo económico. Europa está entrando en una era donde la defensa ya no se justifica únicamente por la amenaza rusa, sino por la promesa de crecimiento. Una era donde los ejércitos no solo protegen fronteras, sino cadenas de valor. Donde la industria militar deja de ser un sector excepcional y empieza a ser tratada como cualquier otro motor económico.

Y aquí surge el debate: ¿qué significa que un ejército sea “rentable”? ¿Quién gana con ese modelo? ¿Y qué pierde Europa cuando normaliza el militarismo como estrategia de desarrollo?

El rearme europeo no es un episodio pasajero. Es un rediseño profundo del continente. Europa está apostando por ejércitos más fuertes, sí, pero también por ejércitos más productivos. La defensa ya no es solo un escudo: es un negocio. Y ese cambio, más que cualquier ingenio militar de última generación, es el verdadero punto de inflexión.


  • Juan Manuel Díaz Organitos
  • General retirado del Ejército Mexicano
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