Geografía y poder

León /

La geografía nunca ha sido un mapa neutro ni un paisaje inocente. Es, desde siempre, el escenario donde se juega la historia. Las montañas, los mares, los desiertos y las fronteras han dictado rutas comerciales, han definido imperios y han condicionado guerras. Con el tiempo, esta mirada se convirtió en geopolítica, ciencia que interpreta el espacio como poder y que revela cómo las decisiones de los gobiernos se sostienen en la geografía.

Halford Mackinder, formuló la teoría del “Heartland”: quien dominara el corazón continental de Eurasia tendría la llave del poder mundial. Alfred Thayer Mahan, defendió la supremacía marítima como condición para la hegemonía global. Karl Haushofer, desarrolló la idea del Lebensraum, el “espacio vital” que justificó expansiones imperiales. Nicholas Spykman, con su teoría del “Rimland”, advirtió que el dominio de las zonas costeras de Eurasia era tan decisivo como el del interior. Zbigniew Brzezinski y Henry Kissinger, entre otros, llevaron estas ideas al terreno de la política práctica.

La historia está llena de ejemplos donde la geografía fue malinterpretada. El caso de Alaska es paradigmático: vendida por Rusia a Estados Unidos en 1867 bajo la creencia de que era un territorio lejano e inútil, terminó revelándose como un espacio estratégico y rico en recursos. De no haberse concretado la transacción, Rusia habría conservado un territorio continental en América, generando un equilibrio distinto de poder en el escenario actual.

FREEPIK/GRMARC

Groenlandia, las Islas Malvinas y otros territorios remotos muestran que la geografía nunca es irrelevante. Groenlandia, con su hielo eterno y posición estratégica en el Atlántico Norte, ha despertado el interés de potencias que ven en ella un punto clave para el control del Ártico y sus recursos. Las Malvinas, son un ejemplo de cómo un territorio pequeño y aislado pudo convertirse en símbolo de soberanía y en detonante de la guerra de 1982 entre Argentina y el Reino Unido. Lo mismo sucede con otros espacios —archipiélagos o desiertos— que, por su ubicación o recursos, se transforman en piezas centrales del tablero geopolítico.

La geografía también ha sido usada para justificar la creación y desaparición de países. Yugoslavia y Checoslovaquia se fragmentaron en múltiples Estados, mostrando que las fronteras políticas pueden deshacerse cuando las tensiones étnicas y culturales se imponen sobre la unidad territorial. Palestina e Israel representan otro ejemplo doloroso, un mismo espacio convertido en campo de disputa, donde la geografía se transforma en herida abierta. La tierra, cargada de historia y simbolismo religioso, se convirtió en escenario de guerras, desplazamientos y negociaciones interminables.

Las buenas decisiones geopolíticas han permitido la integración y la cooperación, como la Unión Europea, que convirtió sus fronteras en puentes de comercio y cultura. Las malas, han generado conflictos interminables, desplazamientos y violencia. La geografía, mal leída, puede ser un espejismo que lleva a los gobiernos a errores irreparables.

La geografía ha sido el tejido sobre el cual se ha bordado la historia. En diálogo con la economía, la política, la cultura y la tecnología, ha definido rutas de comercio, ha delimitado imperios y ha marcado las tensiones que dieron origen a guerras y alianzas. La geopolítica surge precisamente de esa intersección, del reconocimiento de que el espacio condiciona las decisiones y que cada frontera es también un horizonte de posibilidades o un espacio de confrontación.

El mundo que habitamos es resultado de esa conjunción: la geografía como escenario, la política como decisión, la economía como motor y la cultura como memoria. De esa unión han nacido los conflictos que aún nos marcan, pero también los espacios de libertad y desarrollo que nos permiten imaginar futuros distintos. La geografía no es destino fijo, sino materia viva que, junto con otras disciplinas, sigue moldeando el mapa de lo humano.


  • Juan Manuel Díaz Organitos
  • General retirado del Ejército Mexicano
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