En 1980, México, con casi 67 millones de habitantes, era la décima economía del mundo. Detrás venían España, Australia y Corea del Sur, ocupando el décimo primero, décimo quinto y vigésimo séptimo lugares, respectivamente. 46 años después, uno nos rebasó y dos están a punto de hacerlo.
Hoy, dependiendo del tipo de cambio, España puede colocarse por encima de nosotros en PIB nominal. Australia, tiene una economía comparable a la nuestra y su ingreso per cápita es mayor. Corea del Sur, ya nos rebasó en economía y nos supera en productividad, tecnología e ingreso per cápita.
El contraste no se explica solo por crecimiento económico. Mientras México avanzó a un ritmo tibio, estos países sembraron las semillas de los gigantes que hoy dominan la economía global. Corea del Sur impulsó la expansión de Samsung, Hyundai y LG, que ya existían pero que en la década de los 90 se transformaron en potencias tecnológicas globales. España vio despegar a Telefónica como multinacional de telecomunicaciones. Australia consolidó a BHP como una de las mineras más grandes del mundo y fortaleció su ecosistema de innovación.
México, apostó a la maquila, al ensamble y a la manufactura de bajo valor agregado. No es que no hayamos crecido; es que crecimos menos que los demás. En economía, crecer menos es retroceder. Desde 1980, México ha crecido en promedio alrededor de 2% anual. En economía, la diferencia entre crecer al 2% y al 4% no es aritmética, sino exponencial.
A esta diferencia se suma un factor que rara vez se discute en México: la facilitación del comercio. Mientras España, Australia y Corea del Sur simplifican trámites, digitalizan aduanas, reducen tiempos logísticos y crean agencias especializadas para atraer inversión, en México suceden otras cosas: los procesos aduaneros son lentos, la infraestructura logística avanza, pero no al ritmo que exige el comercio global y la regulación cambia con demasiada frecuencia como para generar certidumbre.
En los noventa, Corea del Sur creó ventanillas únicas, digitalizó permisos y redujo tiempos de exportación. España se integró a la Unión Europea y adoptó estándares que facilitaron comerciar con el mundo. Australia se convirtió en uno de los países más eficientes para hacer negocios. México, tardó décadas en consolidar una ventanilla única y aún hoy enfrenta procesos fragmentados, inspecciones duplicadas y una carga regulatoria que desalienta a las empresas.
El crecimiento moderno no depende del tamaño, sino de la productividad, la facilitación del comercio y la capacidad de transformar conocimiento en riqueza.
México no avanza porque arrastra los mismos frenos desde hace cuatro décadas: productividad estancada, informalidad masiva, inseguridad que encarece todo, educación desconectada del mercado laboral, dependencia extrema de Estados Unidos, infraestructura insuficiente y una facilitación comercial que nunca termina de modernizarse.
El nearshoring podría ser la última llamada. El mundo quiere producir cerca de Estados Unidos y México tiene la ubicación perfecta. Pero si no ofrecemos energía confiable, seguridad, talento técnico, reglas claras y procesos aduaneros eficientes, las inversiones se irán a otros países.
Con 131 millones de habitantes, pareciera que México sigue creyendo que la población es una ventaja automática. Así seguiremos celebrando que somos la economía número 13, mientras Corea del Sur, con 51 millones, está en el lugar 10; Australia, con 27 millones está en el lugar 14 y España, con 47 millones de habitantes está ubicada en el lugar 15, de acuerdo con las proyecciones del FMI para 2025. Detrás vienen otros que crecen más rápido que nosotros: Indonesia, con 270 millones se consolida en el lugar 16 y Arabia Saudita, con 35 millones está en el lugar 17, ambos acercándose cada año un poco más.
El mundo ya decidió sus reglas: no gana el más grande, sino el que se mueve y mejora más rápido.