Para entender la guerra I

León /

Existe una idea profundamente arraigada en el imaginario moderno: que la guerra es una anomalía de la historia, una interrupción violenta que rompe largos periodos de paz. Sin embargo, cuando se revisa el pasado con atención, la evidencia apunta en sentido contrario. La guerra no es la excepción en la historia humana; es una constante.

El primer conflicto claramente documentado ocurrió hace más de 4, 500 años entre las ciudades-Estado sumerias de Lagash y Umma, en la región de Sumer, alrededor del año 2, 500 A.C. No se trató de una guerra épica por ideologías o religiones. Fue algo más elemental y humano: una disputa por el control de tierras agrícolas y canales de irrigación. La evidencia quedó grabada en la célebre “Estela de los Buitres”, que se conserva en el museo del Louvre, donde se observa a los soldados marchando sobre los cuerpos de sus enemigos mientras aves carroñeras sobrevuelan el campo de batalla. El mensaje es brutalmente claro: desde el nacimiento mismo de las primeras ciudades, el poder político ya estaba ligado a la violencia organizada.

Aquella escena marca el inicio de una larga continuidad histórica. Desde ese primer conflicto documentado hasta nuestros días, la humanidad nunca ha vivido un periodo de paz global absoluta. Unos siglos después aparece otro episodio que confirma hasta qué punto la guerra ya era una institución sofisticada en la antigüedad. En el año 1274 a.C. se libró la Batalla de Kadesh, uno de los enfrentamientos mejor documentados del mundo antiguo. La batalla enfrentó al faraón egipcio Ramesses II contra el rey hitita Muwatalli II, con miles de soldados y carros de guerra chocando cerca de la ciudad siria de Kadesh. El combate terminó sin un vencedor claro, pero produjo uno de los primeros tratados de paz conocidos en la historia. Incluso en las civilizaciones más antiguas, la guerra era tan frecuente que las sociedades ya buscaban mecanismos para limitarla.

También las causas profundas de la guerra suelen repetirse. El historiador griego Tucídides, al analizar la Guerra del Peloponeso, identificó tres motivaciones fundamentales que siguen vigentes más de dos mil años después: el miedo, el interés y el honor. El miedo surge cuando un Estado percibe que otro amenaza su seguridad; el interés aparece cuando están en juego recursos, rutas comerciales o territorios estratégicos; y el honor se relaciona con prestigio, poder o rivalidad política. A estas causas clásicas se suman factores modernos como el control de recursos naturales, las disputas ideológicas, las tensiones económicas o la liberación de países sojuzgados por regímenes políticos. En el fondo, sin embargo, muchas guerras siguen respondiendo a una lógica básica: la lucha por el poder y por la seguridad en un sistema internacional donde no existe una autoridad superior que pueda imponer reglas definitivas.

A lo largo de los siglos, la historia repite el mismo patrón. Imperios nacen y caen en el campo de batalla. Fronteras cambian mediante la fuerza. Estados consolidan su poder a través de conquistas o guerras defensivas.

Incluso los periodos que solemos recordar como épocas de paz eran, en realidad, equilibrios sostenidos por la fuerza. Un ejemplo clásico es la llamada Pax Romana. Siglos más tarde, el mismo patrón se repetiría a escala global. Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo entró en una etapa de equilibrio estratégico durante la Guerra Fría. Las superpotencias evitaron enfrentarse directamente, pero el planeta siguió lleno de guerras regionales.

La guerra no es excepción, es norma. La paz nunca ha sido permanente, siempre ha sido un equilibrio frágil sostenido por la amenaza de la fuerza. Y ahí está el desafío: ¿seguiremos aceptando que la guerra sea parte de la humanidad, como si fuera inevitable, o tendremos el valor de censurarla y suprimirla? La historia nos recuerda que cada vez que hemos confiado en la paz como estado natural, la guerra ha regresado.


  • Juan Manuel Díaz Organitos
  • General retirado del Ejército Mexicano
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