Desde 1944, con el Acuerdo de Bretton Woods, el dólar quedó establecido como la moneda de referencia del sistema financiero internacional. En un inicio, su valor estaba ligado al oro; posteriormente, aun sin ese respaldo formal, se consolidó como el eje del comercio global y de las materias primas.
Durante décadas el oro fue la referencia para las demás monedas, pero el verdadero centro del sistema pasó a ser el dólar. Hoy el mercado cambiario global sigue teniendo al dólar como eje. Aunque existen pares directos entre monedas, la mayor liquidez, profundidad y formación de precios pasa por el dólar. En la práctica, cuando alguien con pesos quiere yenes japoneses o cuando vende yenes para regresar a pesos, el dólar continúa siendo el principal punto de referencia para el mercado. Esa intermediación —más por eficiencia que por obligación— es la esencia de su hegemonía.
Esta dominancia, que ya suma más de 80 años, no parece tener un reemplazo real en el horizonte. ¿Por qué? Porque no existe hoy una alternativa creíble.
El yuan chino, pese al tamaño y fortaleza de la economía de China, no es una moneda global: no es plenamente convertible ni libre.
El euro sí es una moneda global y líquida, pero al final representa a una región: la Unión Europea y sus 27 países, con realidades fiscales, políticas y económicas distintas.
La libra esterlina ya no es moneda de referencia global; es esencialmente la moneda de Reino Unido.
Dicho lo anterior, conviene aclarar algo fundamental: ser la moneda hegemónica no implica ser siempre la más fuerte.
El dólar no es necesariamente la moneda más fuerte en todo momento, pero sí es la más líquida, eficiente y utilizada. Es la referencia para las demás monedas, los metales y las materias primas.
La debilidad actual del dólar obedece a varios factores:
- Las políticas arancelarias, que han generado ruido y desencanto
- El cambio en la composición de reservas de muchos bancos centrales hacia el oro, lo que explica el alza del metal precioso
- La expectativa de bajas en las tasas de interés
- La conveniencia de reducir el déficit comercial, ya que una moneda más débil vuelve más competitivas las exportaciones y encarece las importaciones.
Para Estados Unidos este escenario tiene sentido económico: exportaciones más competitivas, importaciones más caras y una economía interna más equilibrada.
Para México el efecto es distinto: una moneda excesivamente fuerte encarece las exportaciones, abarata las importaciones y resta competitividad al turismo.
¿Es bueno para México este nivel de tipo de cambio? No.
Es tan negativo estar demasiado apreciados como estar devaluados. Ni 17 ni 23 pesos. Un nivel de equilibrio razonable estaría en torno a 20 pesos por dólar.
Al final, el tipo de cambio vale lo que vale porque ambas monedas flotan, sujetas a la oferta y la demanda.
En resumen, tener dólares e inversiones en activos estadunidenses sigue siendo una estrategia sólida. El tiempo ha demostrado que el dólar siempre encuentra la forma de recuperar valor.
Lo complicado hoy no es tener dólares, sino tener que venderlos a estos niveles. Si no hay urgencia es solo cuestión de tiempo.
Semana cargada de información: hay reunión de la Fed, donde no se esperan movimientos, y reportes clave de Microsoft, Meta, Tesla y Apple, que marcarán el pulso de los mercados.