¿Alfombra roja? No, alfombra digital

  • Columna invitada
  • Juan Pablo Robert

Ciudad de México /

Durante décadas, el entretenimiento premium estuvo atado a rituales rígidos: una fecha, una hora, una pantalla específica. Ver una premiación implicaba estar presente en tiempo real o resignarse a perderla. Los momentos memorables quedaban atrapados en transmisiones cerradas, fragmentados por derechos y limitaciones técnicas, las cuales, hoy resultan ajenas a la forma en la que consumimos la cultura. El espectador era pasivo.

Este modelo ha dejado de existir, la audiencia actual no solo consume contenido: lo selecciona, lo comparte, lo comenta y lo resignifica. Quiere acceso bajo demanda, fragmentos oficiales de alta calidad, experiencias personalizadas y, sobre todo, ser parte de la conversación. La evolución de las plataformas digitales no ha sido únicamente tecnológica; ha sido cultural. Cambió la relación entre quien produce, quien distribuye y quien mira.

El paso de una transmisión lineal a una experiencia interactiva, con múltiples idiomas, ángulos de cámara, participación en tiempo real, no amplía únicamente el alcance de una premiación: redefine lo que significa “ver juntos”. La emoción ya no depende de estar frente al televisor correcto, sino de compartir un momento desde cualquier lugar, en cualquier formato. De acuerdo a GWI, 76% de los consumidores ven televisión en línea o en streaming a diario.

A partir de 2029, los premios Óscar se transmitirán globalmente a través de nuestra plataforma. Este movimiento es mucho más que un simple cambio de plataforma; es el reflejo de que la audiencia ha cambiado, el entretenimiento se ha transformado y la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha decidido evolucionar junto con ellos. Al dar este paso, la Academia no solo elige el streaming, también, elige reconocer la relevancia cultural en el mundo digital.

Sin embargo, este hito abre una conversación más amplia sobre el papel que hoy juegan las plataformas digitales, que ya no son una “segunda pantalla”, sino el centro del consumo audiovisual dentro de los hogares. En este entorno, los creadores han desarrollado narrativas propias y niveles técnicos que hoy compiten de mano a mano con producciones tradicionales, tanto en ambición como en ejecución. Hablamos de un ecosistema vivo y en constante expansión que, más allá de la conversación cultural, tiene un impacto económico tangible: solo YouTube ha generado más de 100 mil millones de dólares para su comunidad de creadores, artistas y agencias de medios en los últimos cuatro años.

La ausencia de estos creadores en ciertos premios no es una falta de calidad o relevancia, es una adaptación de los marcos de reconocimiento a nuevas formas de creación y distribución. El reconocimiento nunca ha sido un estándar absoluto. Incluso dentro de las instituciones más consolidadas del cine y la televisión existen discrepancias: una obra celebrada en los Golden Globes puede pasar desapercibida en los Óscar. Esto evidencia que los premios responden a criterios, procesos y tradiciones específicas. Las academias tienden a validar los ecosistemas que les resultan familiares, mientras el universo de las plataformas digitales —abierto, diverso y profundamente democrático— desafía esas estructuras. Esa tensión no reduce el valor del trabajo de los creadores; al contrario, confirma la evolución cultural que aún está encontrando su lugar en los espacios de legitimación tradicional.

Los precedentes están ahí mismo. El ejemplo de plataformas como Netflix, que estrenan títulos en cines de forma simbólica para cumplir con requisitos técnicos, demuestra que el talento está ahí y que lo que realmente necesitamos es la voluntad de abrir las puertas. Afortunadamente, señales como la transmisión de los Óscar en plataformas digitales o la reciente inclusión de categorías nativas digitales, como el Podcast en los Golden Globes, nos indican que las instituciones ya están reconociendo el nuevo mapa del entretenimiento.

Abrir las premiaciones a los creadores no será un acto de supervivencia, sino un ejercicio de coherencia. Será la demostración de que la industria tiene la capacidad de entender que la excelencia hoy fluye de manera distinta y ya no pide permiso para existir. El espectáculo debe continuar, pero ahora con la certeza de que la alfombra roja tiene espacio para todos y llega, finalmente, hasta el último rincón del mundo digital.


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