John Ruskin escribió un libro, Sesame and Lilies, que quiso al mismo tiempo mostrar los secretos en los libros y recuperar la tradición de las mujeres lectoras y, de suyo, mejores en la conversación que los machos brutos, ocupados de las vulgaridades del poder.
En 1864, Ruskin dio una serie de conferencias para las señoritas victorianas, rígidas y apretadas; le preocupaba que con el confinamiento y restricciones en la vida de las mujeres se perdiera la tradición pedagógica y cultural de la conversación. ¿No dijo Platón que el objetivo de una cultura es la calidad de la conversación? Ruskin pensaba en la noble Sukayna, casada con el nieto de Mahoma, o en las viudas que encerraron y mantuvieron a Jerónimo de Estridón hasta que completara su versión latina de la Biblia, la Vulgata, o en las madames francesas, anfitrionas de tertulias y animadoras de conversaciones, desde el simple gusto elegante hasta la obra altísima de Madame de Staël. Creía que las mujeres, como madres de familia y como lectoras, eran el sostén de la tradición cultural y que, descuidado ese aspecto, la sociedad acabaría revolcándose en una barbarie vergonzosa.
Desde luego, muchas feministas detestan con pasión el libro cursi que, dicen, contribuyó a retrasar los derechos de las mujeres. Tienen razón. Pero también es verdad que Ruskin no hubiera podido imaginar tal crítica semejante. Él buscaba solamente dar riqueza a un modo de vida establecido. No subvertirlo. Kate Millet (Sexual Politics —Andrea Dworkin dijo que “el mundo estaba dormido y Kate Millet lo despertó”), una de las primeras en advertir que la sexualidad está impregnada de ideología política, desmenuza a Ruskin como las bacantes a Penteo.