Trina Javier Marías contra lo que no sé si llamar literatura testimonial, ese género al que Fernanda Solórzano llama con envidiable capacidad de síntesis “de la autocompasión”. En efecto, hay un mercado editorial próspero que gira en torno a testimonios en primera persona, a veces matizados con un barniz de ficción, sobre vidas rotas, violentadas, sufridas, que en general merecen nuestra solidaridad, pero no nuestra lectura. El caso paradigmático le parece a Marías el del noruego Karl Ove Knausgård, pero la nómina es bastante amplia.
Dicho esto, la literatura testimonial también trae felicidades a los lectores. Pienso en Perseguir la noche, último libro de Rafael Pérez Gay. La primera señal fue un chorro de sangre disparado contra el WC, una meada categóricamente roja. Rafael, editor, escritor, fumador de récord mundial, buen bebedor, tenía un tumor en la vejiga que lo mantendría entre el miedo, la depresión y el dolor durante muchos meses, los que mediaron entre el diagnóstico y la curación. Meses de operaciones, sondas incrustadas en el pene, cistitis crónica, ardores, debilidades. Meses de enfermo. ¿Qué distingue a Perseguir la noche? Tal vez y antes que nada, su distancia irrecortable con la autocompasión. Rafael está más cerca de ser implacable con ese hombre frágil que era él, que de la autoindulgencia lastimosa. El personaje que retrata en su libro es, sí, cabalmente, un enfermo: un hombre con miedo, un hombre disminuido físicamente, derrotista, en la busca desesperada de escapar de sí mismo, que inspira empatía pero que a la vez resulta difícil de ver, patético a ratos, defectuoso no solo por la enfermedad, sino porque la enfermedad te hace consciente de tus defectos de siempre y Rafael, como todo buen escritor, sabe explotarlo: así se muestra ante los lectores.
Pero también retrata, sin alardes, un hombre con mucha sustancia. Como en sus libros digamos familiares —Nos acompañan los muertos, El cerebro de mi hermano, El corazón es un gitano—, Pérez Gay va de la literatura (ahora, la chilanga de las fronteras entre el XIX y el XX) a la medicina, de las reflexiones sobre el dolor y la muerte al alcohol y las drogas, de la amistad al amor, a la visita nostálgica a la vieja Ciudad de México porque es un chilango irredento, y encima lo hace con una envidiable capacidad para el relato novelado pero también para la crónica y desde luego con un pie en el ensayo. Bueno, pues le salió, otra vez, un librazo.
Hay que mandarle un ejemplar a Marías.
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