¿Deben las redes sociales ser castigadas por provocarles ansiedad y depresión a sus usuarios, particularmente a niños y jóvenes? Esta es una pregunta cada vez más frecuente (sobre todo entre padres de familia) y, crecientemente, la respuesta parece ser que sí. Incluso algunas cortes en Estados Unidos empiezan a inclinarse en esa dirección.
Es tentador asumir esta postura. Las plataformas son el villano perfecto (además de rico) y no es difícil entender por qué sus productos pueden resultar adictivos. Feeds infinitos llenos de personas aparentemente felices, exitosas y físicamente impecables; jóvenes pendientes de cuántos “likes” obtienen sus posts.
No me sorprende que empresas como Google (dueña de YouTube), Meta (Instagram y Facebook) o ByteDance (TikTok) diseñen algoritmos para maximizar el tiempo de uso. Ese es su negocio. Entre más atención capturan, más ingresos generan. Pero eso, por sí solo, no las convierte en culpables de todos los males que se les atribuyen. Al final, cualquier empresa busca que su producto se utilice lo más posible.
Aun así, un jurado en EU otorgó 6 millones de dólares a una demandante que alegó daños a su autoestima causados por filtros de belleza en Meta y Google. No será el último caso. Hay miles de demandas en curso y todo apunta a que el pleito llegará a la Supreme Court.
Vale la pena notar que los primeros intentos de responsabilizar a las plataformas fracasaron. En EU, las empresas tecnológicas cuentan con una fuerte protección legal respecto al contenido que generan sus usuarios. En principio, no son responsables. Pero los abogados encontraron un nuevo ángulo. Ya no se trata del contenido, sino del diseño. Argumentan que no son los videos o las fotos en sí los que causan daño, sino los algoritmos. Bajo esta narrativa, estas empresas “no construyen apps, construyen trampas”.
Quienes defienden a las plataformas advierten que culpar el diseño de un producto por el uso excesivo de los usuarios sienta un peligroso precedente: ¿dónde termina la responsabilidad de la empresa y dónde empieza la del individuo? Ahí está el fondo del debate.
Yo considero que la responsabilidad no puede recaer solo en las plataformas. En el caso de menores, por ejemplo, recae principalmente en los padres. La mayoría de estas redes establece edades mínimas de uso que, en la práctica, se ignoran sistemáticamente. Además, lo que más genera ansiedad es el contenido que proviene de los usuarios. Pretender que una plataforma filtre todo lo que pudiera afectar emocionalmente a alguien es simplemente inviable.
Reconozco que existe un problema real. Están surgiendo propuestas, como restringir el uso de celulares en las escuelas. Pero no hay soluciones mágicas. La respuesta debe involucrar una mayor responsabilidad individual, acompañada por controles parentales más efectivos, mejor educación digital y mayor conciencia en riesgos.
Culpar a las plataformas es fácil. Resolver el problema no lo es.