Es casi inevitable. La tentación es irresistible. No importa qué tan convincentemente expresen sus convicciones igualitarias y principios de izquierda, en el momento que tienen la oportunidad de gozar de los lujos que tanto critican (consumo, opulencia, élite), muchos terminan cayendo.
Son innumerables los ejemplos y se acumulan a diario. Figuras prominentes de Morena han sido señaladas por vacacionar en Europa y Asia, hospedarse en hoteles cinco estrellas o volar en cabinas premier. Otros han sido captados vistiendo marcas de lujo, comiendo en restaurantes gourmet o portando relojes de colección cuyo precio supera el ingreso anual del ciudadano promedio.
Por supuesto que políticos de derecha también disfrutan de lujos similares, y en ambos casos es difícil justificar estos estilos de vida cuando sus ingresos provienen del erario. Pero en el caso de la izquierda, el cuestionamiento es doble. No solo está el tema del dinero, sino de falta de coherencia. La austeridad es un principio fundacional de su movimiento, una bandera moral y un argumento recurrente contra sus adversarios. Pueden criticar al capitalismo y al consumismo, pero sus principios se tambalean cuando se topan con el confort.
Esta contradicción no es exclusiva de México. En EU, Alexandria Ocasio-Cortez, ícono de la izquierda progresista, no resistió la tentación de asistir a la Met Gala, el evento más opulento del circuito social neoyorquino. Llevó un vestido elegantísimo, pero, eso sí, con un mensaje bordado que decía: “tax the rich” (cobrar impuestos a los ricos). La reacción pública fue tan recalcitrante que no volvió a asistir al evento. Incluso en regímenes que se autodenominan socialistas, las escenas se repiten: a pocos días de la captura de Maduro, la vicepresidenta de Venezuela fue vista con un costoso vestido.
La realidad es que casi todos los políticos, y los seres humanos, son susceptibles a las mieles que ofrece la riqueza. La diferencia es que los políticos de derecha parecen menos hipócritas.
La incongruencia entre la conveniencia y las aparentes convicciones también se refleja en el gobierno. México mantiene una cercanía histórica con Cuba y con otras administraciones de izquierda, como Venezuela y Nicaragua. Sin embargo, la relación que más importa es con EU. Cerca de 60% de nuestro PIB depende del comercio con nuestro vecino del norte. Nuestros compatriotas no emigran a países afines a la ideología de izquierda de muchos de nuestros políticos. La inversión extranjera y el turismo, dos pilares de la economía, tampoco provienen de economías socialistas.
Pocos políticos de izquierda deciden vacacionar en Cuba o Venezuela. Prefieren Italia, Japón y EU. De ahí que la amenaza de retirar visas estadunidenses sea tan poderosa. Pueden denunciar el “imperio yanqui” en sus discursos, pero lo último que quieren es dejar de cruzar la frontera para ir de compras.