Este 31 de agosto concluyó mi encargo como presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados. Ha sido el honor más grande de mi vida pública: conducir uno de los Poderes de la Unión y garantizar que las diferencias encontraran cauce en la Constitución, la ley y el reglamento.
Ejercí esta responsabilidad a partir de cuatro principios: verdad, respeto, paridad y pluralidad. Como criterios concretos para decidir, conducir el debate y representar con dignidad a una Cámara integrada por proyectos de país distintos.
La verdad fue el punto de partida, porque la confianza pública se construye con transparencia y rendición de cuentas. Informar las decisiones, reconocer los resultados y los desafíos fueron parte de mi obligación. Quien ejerce una responsabilidad pública debe explicar sus actos: la verdad es el vínculo más sólido entre las instituciones y la sociedad.
El respeto significó aplicar las reglas con objetividad, reconocer los límites del poder y preservar la fortaleza de las instituciones. Provengo de un partido de oposición y a lo largo de mi trayectoria he defendido mis convicciones con firmeza, tanto en la tribuna como en el debate público. Al asumir la presidencia entendí que esa responsabilidad exigía representar a toda la Cámara y colocar el deber institucional por encima de cualquier interés partidista.
La Cámara pertenece por igual a la mayoría y a la oposición, pero, ante todo, es uno de los Poderes del Estado mexicano. Por ello, actué con respeto a sus atribuciones, ofrecí certeza a todas las fuerzas políticas y preservé la dignidad del debate. El respeto institucional nunca exige renunciar a las convicciones; exige ejercerlas dentro de la ley y reconocer que ninguna persona, mayoría o interés circunstancial puede situarse por encima de las instituciones.
La paridad orientó mi encargo. Presidir la Cámara como mujer implicó demostrar que nuestra participación debe traducirse en poder efectivo y capacidad de decisión. Cada mujer que ocupa un espacio de esta relevancia amplía el horizonte de quienes vienen detrás y confirma que es posible conducir con firmeza y sentido institucional.
La pluralidad permitió convertir las diferencias en deliberación democrática. Dialogar no implica renunciar a las convicciones y construir acuerdos no significa perder identidad. La política adquiere sentido cuando reconoce la legitimidad de quien piensa distinto y encuentra coincidencias para responder al país.
Celebramos 100 sesiones y dimos cauce a más de 3 mil 600 intervenciones. Hubo jornadas extensas, tensiones y desacuerdos de fondo. Nunca retiré el sonido a un orador ni utilicé la presidencia para responder desde una posición de privilegio.
Cuidar la palabra fue una forma de respetar la pluralidad y reconocer que cada voz representa a una parte de México.
Verdad para generar confianza; respeto para fortalecer las instituciones; paridad para ampliar la participación de las mujeres, y pluralidad para construir soluciones. Estos principios deben orientar la vida pública, porque México necesita autoridades que respeten la ley e instituciones capaces de procesar las diferencias sin convertirlas en ruptura.
Concluyo esta etapa con gratitud y la certeza de haber honrado mi palabra. El encargo termina, pero permanece mi responsabilidad con México y la convicción de que ejercer el poder con límites, escuchar con respeto y actuar con verdad son condiciones indispensables para construir un país seguro, en paz y próspero.