Sobre la boda de Cesar Yáñez, el futuro Coordinador general de política y gobierno en el nuevo gabinete, se ha escrito mucho en los últimos días. Los lopezobradoristas insisten en que esta boda fue un evento privado y que cada quién se puede casar cómo quiera. ¿De veras?
Primero veamos cuál es la naturaleza de toda boda. Desde hace cuatro décadas, el acto de contraer matrimonio ha abandonado el estricto protocolo marcado por la costumbre y la homogeneidad. Hoy prima la idea de que una boda debe ser divertida y fuera de lo común. Un acto que debería ser privado se ha convertido en un show original y público. El amor privado irrumpe en la vida de la comunidad y se coloca por momentos en su centro.
Muestra clara de ello, son las bodas en la playa, un lugar público por excelencia.
Ninguna persona que haya celebrado una boda ignora que en el fondo lo que pretende es llamar la atención y asegurarse de que los demás sean testigos de su unión, todo esto con la esperanza de que el amor tenga así un éxito mayor. El amor es posible sin espectadores, pero para asegurarlo se requiere el espectáculo y a los espectadores.
Las bodas son como las páginas sociales o el “feis”, escenarios para mostrar la felicidad. Ahí se escenifica el amor, y no sólo eso.
Con la transgresión a una esfera distinta, un acto que debería ser en esencia íntimo se coloca a un paso de que se convierta en un objeto mediático. Sobre todo, cuando se llama a la revista ¡Hola! y se le ofrecen los detalles y la exclusividad del evento.
Pero las bodas no solamente responden a necesidades amorosas, la escenificación sirve a otros propósitos. Sus actores desarrollan con ella otras estrategias y echan mano de otros recursos.
Entre ellos destaca mostrar riqueza, felicidad y poder. Por ello, no debe faltar cierto derroche. Un pastel enorme (casi siempre sabe horrible), un menú que incluye langosta, o una barra con todos los postres imaginables. El vestido de la novia debe ser obligadamente de diseñador. Si es de Benito Santos, mejor. Y si son tres, todavía mejor.
Desde luego, que los no pueden asistir, deben enterarse de todo ello a través de los medios, tradicionales o digitales. Las fotos no pretenden documentar la boda sino “transmitir el mensaje”, y el informe de la boda admite la forma de un reportaje. En las imágenes, la pareja debe aparecer en escena, no como en el pasado, como figuras inmóviles sosteniendo la mano o un objeto. El asunto es de obvia naturaleza pública.
Como se puede observar, no tiene sentido argumentar que la boda es un acto privado, sobre todo cuando existe el claro propósito de mediatizarla, de llegar a amplias audiencias (De presumirle a todos, diría yo).
Lo que resulta más irritante es que todo esto tenga como actor a César Yáñez, quien es parte del grupo político que desde hace doce años no se cansa de repetir que, por el bien de todos, “primero los pobres”. ¿Y la congruencia? ¿Y la Cuarta transformación? ¿Y todo lo que criticaron?
Lo que queda claro es un mensaje que hace ver que el poder, no importa cuál sea su signo ideológico, de derecha o izquierda, se escenifica. Sus teatralizaciones incluyen bodas lujosas. La champaña no tiene exclusividad.
Pero ¿tanto escándalo por una boda?
Hay que recordar que entre las causas del desprestigio de Peña Nieto se encontraba la regularidad con la que él y su familia aparecía en las revistas del corazón, una estrategia de comunicación política que banalizaba la política y que acabó por causar molestia entre los ciudadanos. Este tipo de actos, que ventilan la vida privada de los políticos, fueron y son ahora objeto de repudio.
La crítica a la boda de Yáñez no debe ser desechada, pues no toda ella se debe a la animosidad. Muchos de quienes la critican tratan de recordar la promesa de cambio y de exigir que se cumpla.
Los lopezobradoristas de ultranza afirman que todavía es muy pronto para evaluar al futuro gobierno, pues éste todavía no entra en funciones. Pero desde que se dieron a conocer los resultados de la elección, no hay semana en que el equipo que se apresta a tomar las riendas del país no ofrezca algún escándalo. Ellos son los que han ocupado el espacio público y los que diariamente anuncian ocurrencias.
Una se pregunta si no sería más recomendable que aprovecharan este tiempo para coordinar proyectos, se prepararan, tomaran cursos. El diletantismo no es una enfermedad que confunde el amarillo con el verde, es un riesgo con serias consecuencias, sobre todo, cuando afecta las decisiones en un Banco Central, en una Secretaría de Salud o en la de Economía.
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