La última presidencia de Cuauhtémoc Cárdenas fue honoraria. En marzo, la presidenta Claudia Sheinbaum lo puso al frente de la Comisión Consultiva del Petróleo de Pemex y, en la misma ceremonia, dijo que en 1988 debió llegar a la Presidencia pero el fraude no lo permitió. Cárdenas murió el 28 de octubre y el lamento volvió en cada pésame.
Lo dijo la presidenta que en 1988 marchó con el cardenismo desde el Consejo Estudiantil Universitario de la UNAM y que hizo de aquel agravio a la izquierda la base histórica de su gobierno y su movimiento.
Lo de Cárdenas me recuerda a Jacques Le Goff, el historiador francés que veía en la memoria colectiva un territorio de poder: lo que una sociedad olvida dice mucho de quién la gobernó. Por eso, casi cuatro décadas después, vale la pena volver a 1988 y nombrar a quienes estaban del otro lado esa noche.
El 6 de julio de 1988, pasadas las ocho y media, el sistema de cómputo del Registro Nacional de Electores dejó de transmitir cuando los primeros resultados favorecían a Cárdenas. Diego Fernández de Cevallos, comisionado del PAN, avisó con sorna que el sistema “se había callado”. La Comisión Federal Electoral la presidía el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, a quien la caída del sistema lo persigue hasta hoy. De madrugada, Jorge de la Vega Domínguez, presidente del PRI, proclamó el triunfo de Carlos Salinas sin una sola cifra oficial. En 1991, priistas y panistas votaron para quemar las boletas. Con ellas se fue la prueba documental de aquella elección.
A ninguno le fue mal. Salinas gobernó seis años y entregó un país que semanas después se desplomó en una crisis que él bautizó como el error de diciembre para cargársela a su sucesor. Vive fuera de México desde 1995 y en septiembre platicó con estudiantes en Harvard, donde el organizador le agradeció en redes y le llamó “presidente”.
Fernández de Cevallos acompañó la llamada legitimación en el ejercicio, con la que el PAN aceptó a Salinas a cambio de su agenda, y defendió desde la tribuna la quema de las boletas del fraude. En 2019 se supo que su rancho El Estanco, en Colón, Querétaro, no pagaba predial desde 1993. Con recargos y multas, la deuda rondaba los 984 millones de pesos.
Y luego está Manuel Bartlett, cuya carrera desafía cualquier lógica. Salinas lo hizo secretario de Educación, como era de esperarse, pero treinta años más tarde el expresidente López Obrador lo puso al frente de la Comisión Federal de Electricidad todo el sexenio. En 2019, la prensa documentó 23 casas y dos terrenos a nombre de su pareja y sus hijos, con un valor cercano a 800 millones de pesos. La Función Pública lo exoneró unos días antes de Navidad.
¿Por qué el expresidente López Obrador, que se sumó a la lucha de Cárdenas después del fraude, le entregó la CFE a quien presidía la Comisión aquella noche? La respuesta está en la biografía reciente de Bartlett. Como senador del PT votó contra la reforma energética de 2013 y se volvió uno de los defensores más férreos de la empresa pública. En aquel sexenio pesó más la utilidad que la memoria.
Claudia Sheinbaum no lo mantuvo. Bartlett dejó la CFE con el cambio de gobierno, y en este sexenio fue Cárdenas quien llegó al sector energético, con un cargo honorario. Por qué Bartlett pasó seis años al frente de la CFE es una explicación que todavía debe el expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Los operadores de aquella noche acumularon cargos y casas. A Cárdenas, este año, la UNAM le dio una cátedra con su nombre y el Politécnico un doctorado honoris causa. Cuauhtémoc Cárdenas se quedó con aquello que no se puede imponer: la memoria de un país que lo recuerda bien. El ingeniero, a diferencia de Bartlett, se quedó con un lugar digno en la historia.