Tal como lo advertimos desde hace meses en distintos espacios de Telediario —El Pulso y Cambios— el tema del sarampión en Jalisco ya se desbordó. Hoy no estamos ante un simple brote, sino frente a una fase clara de alerta sanitaria, agravada por una circunstancia incómoda: Jalisco será sede del Mundial y el mundo nos va a estar mirando.
La amenaza de la Organización Panamericana de la Salud de retirarle a México el estatus de país libre de sarampión no es retórica. Es consecuencia directa de una cadena de omisiones, discursos tibios y decisiones postergadas. En el programa Cambios, el director general de Salud Pública reveló algo gravísimo: hay personas contagiadas que no respetan los protocolos de resguardo y siguen saliendo a la calle, exponiendo a todos.
El propio secretario de Salud admitió que legalmente existe la posibilidad de obligar al resguardo o incluso a la vacunación obligatoria, pero que “todavía no estamos en ese punto”. El problema es que el virus no espera consensos ni discursos políticamente correctos. Se propaga.
A esto se suma un cóctel peligroso: desabasto de vacunas durante la pandemia, rezagos históricos en esquemas completos y una corriente antivacunas que sigue ganando terreno. Hoy el déficit de vacunación ya no afecta solo a bebés o niños; alcanza a jóvenes de preparatoria que simplemente nunca fueron inmunizados.
Conviene recordarlo: la vacuna contra el sarampión no es experimental ni reciente. Lleva décadas probando su eficacia. El sarampión estaba prácticamente erradicado y hoy regresa por negligencia. Es uno de los virus más contagiosos que existen y puede escalar rápidamente.
La gente acude a vacunarse a plazas públicas, pero la realidad es absurda: hay vacunas, pero no jeringas. Si el problema va en serio, las vacunas deben llegar a escuelas y centros de trabajo, sin pretextos.
Minimizar el riesgo es irresponsable. Aunque la mortalidad sea baja, el peligro es real. Los antivacunas no son una anécdota: son un riesgo colectivo. Urge una campaña firme, directa y sin concesiones. Porque la negligencia, contagia.
El sarampión no es el enemigo invisible: invisibles fueron las autoridades, la prevención y el valor político para hacer lo que se debía cuando todavía había tiempo.