Sentí una trepidación intensa bajo mis pies y corrí al cuarto de mi hija, ella gritaba, yo gritaba, ella pidió calma. Ya no eran sólo mis pies, todo el departamento tronaba y se movía como licuadora. Caían cristales, jarrones, mesas, copas. Mi hijo salió de su cuarto muy asustado, gritando también, no sabe si el enorme espejo de su pared cayó y se hizo trizas antes o después de encontrarnos en el pasillo. En shock y conmocionados, sentimos la tremenda fuerza de la naturaleza. Nos abrazamos temblando, la Tierra hacía lo suyo: retumbaba y rugía inmisericorde. Sentimos que tardó una eternidad en detenerse. Y es que, en un doceavo piso, a 30 kilómetros del epicentro que sacudió San Marcos, Guerrero, el viernes pasado, reviví el horror del terremoto de 1985 en un noveno piso de la colonia Condesa.
La magnitud de un temblor no es la misma que su intensidad: una mide —en escala de Richter— la energía total que se libera en el epicentro mientras que la otra —en gales o escala de Mercalli— describe los efectos del movimiento del suelo y el daño en un lugar específico. En el terremoto de 1985, al entonces Distrito Federal, nos impactó una aceleración máxima de 164 gales mientras que en Acapulco, en el lugar donde me encontraba, se alcanzó una aceleración máxima de 200 gales ¡imagínense la sacudida! En el momento del traqueteo no se puede saber qué pasará, ¿a qué hora terminará esto? ¿Acabaré aplastada abrazando a mis dos hijos? La garganta me ardía de tanto gritar, mi corazón quería salirse de mi tórax. Quedé tan marcada por los terremotos de Managua en diciembre de 1972 (donde se destruyó por completo la capital y dejé de ver a mis padres por 8 meses) y por los del 19 de septiembre de 1985 y de 2017 que escribí esa emoción en mi novela Somoza (Planeta, 2021). En el capítulo “Terremoto”, una madre de familia queda atrapada entre los escombros con su marido y sus hijos. Allí doy cuenta del horror y la claustrofobia que se padece al quedar retenida entre losas y ruinas y, escuchar, quién sabe desde dónde, las voces de tus seres más queridos que primero son aterradoras y luego fenecen. En el momento del temblor, que para mí fue un terremoto, se me cruzaron las imágenes ficticias con lo vivido tantos años atrás. Cuando el edificio terminó de moverse abracé a cada uno de mis hijos y noté que la que entonces no paraba de temblar, era yo.
Después del terremoto de 1985 tardé décadas en no sentirme mareada desde las alturas de un edificio en zona sísmica y de despertarme sobresaltada por algún movimiento o sonido mientras dormía. Las manos me sudan y el corazón se me acelera si tomo el Metro, tengo pensamientos catastróficos y creo que si tiembla quedaré atrapada debajo de los escombros.
Con el temblor de San Marcos regresaron mis miedos de hace 40 años y, si de algo me sirve escribir, que sea para expulsar de nuevo los demonios que me habitan y que creía desterrados. Sin dudarlo, apelo al imaginario popular: ¡que nunca nos falte un bolillo!