De cafés, accidentes y marimbas

Ciudad de México /

El sábado pasado presenté mi novela, Por mi gran culpa, en Xalapa, en la Universidad Veracruzana. Cuando me mandaron el cartel vi que presentaría en la Galería AP en la Unidad de Artes, un espacio donde habitan la danza, la música y la pintura. Estaba en mi “mero mole”. Para el viaje me fui acompañada de la novela Canción de infancia de J.M.G. Le Clézio, un relato emocional sobre su niñez como un niño de la guerra. Tema que tocó mis fibras más sensibles desde un inicio. 

En la mañana de la presentación desayuné en La Parroquia de Veracruz; el lechero fue lo primero que me transportó a mi propia niñez, aquella en la que mi desayuno, antes de irme al Colegio Teresiano, se acompañaba de un café con leche (hecho de un extracto) y un par de cucharadas de azúcar, un huevo tibio y pan. En aquellos tiempos los niños nicaragüenses tomábamos café y no nos pasaba nada malo (hoy es una infamia dárselo a un niño). Esos desayunos de café con leche sirvieron para volverme una apasionada de su sabor y, sobre todo, de su olor. Después del lechero pedí un café negro veracruzano y me dio cabanga: una nostalgia inmensa por el clima y los sabores de cuando me trepaba a los árboles y me raspaba las rodillas. 

Salí de La parroquia y me aventuré por la calle Leandro Valle en dirección “para arriba”. Como a las tres cuadras de ir subiendo escuché un estruendo metálico apenas a un metro y medio de donde yo pasaba: un desarmador había caído del segundo piso de una casa y había impactado en la cajuela de un coche estacionado. Me pegué el susto de mis días y de inmediato mi mente fantasiosa empezó a recorrer las posibilidades de que el desarmador me hubiese perforado el cráneo: ¿quién avisaría a la Feria? ¿A mi familia? Seguí subiendo por la calle con el corazón desbocado hasta que me dije: “Ligia, basta ya de pensamientos catastróficos, no te pasó nada” y recordé varios momentos en los que he estado a punto de sufrir un accidente y me he salvado en la rayita: una bici que conducía un joven a toda velocidad en la banqueta de Paseo de la Castellana estuvo a punto de arrollarme mientras yo salía de un portal; en Canadá estuve a nada de desbarrancarme de un glaciar mientras hacía heli skiing. Recordé también el día en que viajaba en un tren y me cayó una maleta muy pesada en la cabeza. Intenté sacudir los malos recuerdos de mi memoria y seguí andando. Sobre la calle Juan de la Luna Enríquez escuché el son de una marimba. Mi mente saltó de la desgracia de nuevo a la niñez: alrededor de los siete años estuve en clase de baile folclórico y la marimba de arco es el instrumento nacional nicaragüense. De origen afromestizo es una estrella en el barrio de Monbimbó en Masaya. 

Se me ocurrió escribir estas líneas por la ineludible sinestesia que me provocó el café lechero, el clima y el sonido de la marimba. Así que decidí sentarme en el Café Don Justo a garrapatear en mis notas y seguir tomando café antes de marcharme a presentar en la Universidad.


  • Ligia Urroz
  • Nicaragüense-mexicana de naturaleza volcánica. Transita entre la escritura, la música y el vino. Sommelier de vida. Publica su columna Desde el volcán los viernes cada 15 días en la sección M2.
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