Gracias, maestros

Ciudad de México /

Los diputados Benito Ramírez y Enrique Viesca propusieron en 1917, en el pleno de la Cámara, una iniciativa para dignificar y reconocer la labor de los maestros tras la Revolución mexicana. El presidente Venustiano Carranza firmó el decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación estableciendo la primera celebración nacional del Día del Maestro el 15 de mayo de 1918. La fecha evoca la toma de Querétaro en 1867 y coincide con la fiesta de san Juan Bautista de La Salle, patrono de los educadores y reconocido por sus innovaciones pedagógicas en el siglo XVII. Cada 15 de mayo se suspenden las labores escolares para dar paso a “festividades culturales que pongan en relieve la importancia y nobleza del papel social del maestro”.

Mis primeras profesoras fueron las monjas del Colegio Teresiano de Managua —eran la mar de estrictas y si no trazaba correctamente mi caligrafía Palmer, la madre Ángeles me daba con una regla en la mano derecha—. A pesar de tener las mejores calificaciones, hicieron que repitiera un año escolar porque “era un año menor que mis compañeras y eso me acarrearía problemas”. Volvimos de las vacaciones y me instalé en el aula de mis antiguas amigas. No había tomado la primera clase cuando una maestra llegó por mí para llevarme al salón “de las chiquitas”, donde repetiría lo que ya había aprendido. 

El primer recuerdo entrañable que tengo de un maestro fue mi profesor de guitarra: era un invidente que llegaba a la casa acompañado de un lazarillo. Me sentaba frente a él y como en un espejo invisible colocaba mis deditos en los trastes y en las cuerdas. A través de sus gafas oscuras yo trataba de buscar la mirada que él tenía puesta en algún lugar del cielo. A mi maestra de español —otra monja teresiana— y a mi pasión por el ritmo, les debo la comprensión de las reglas de acentuación. Organizar palabras graves, agudas y esdrújulas por su sílaba tónica y coronarlas con sus tildes ha sido uno de mis superpoderes. Años después, en la preparatoria mexicana, mis maestros favoritos serían el de música y, así de irónico, la religiosa que me daba literatura universal. Ambos hacían que acudir a sus clases fuera un gozo que sigue vivo en mí.

Quiero honrar a todos los maestros que tocaron nuestras vidas con un fragmento de la maravillosa carta que Albert Camus le escribió a su profesor, el señor Germain, tras obtener el Premio Nobel de Literatura: “Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”. 


  • Ligia Urroz
  • Nicaragüense-mexicana de naturaleza volcánica. Transita entre la escritura, la música y el vino. Sommelier de vida. Publica su columna Desde el volcán los viernes cada 15 días en la sección M2.
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