Novelas para soltar el cuerpo

Ciudad de México /
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¿Alguna vez, querido lector, ha soltado carcajadas sin poder parar al sumergirse en una novela? A mí me ha ocurrido varias veces, y la más entrañable fue en un tren. Iba sentada delante de mi papá y leía Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa. Soltaba unas carcajadas tan potentes que mi padre se contagió y me preguntó qué estaba leyendo, por qué me daba tanta risa. Le prometí que, al terminar la novela, se la prestaría para que él fuera quien continuara el viaje a punta de risotadas. 

La novela cuenta cómo Pantaleón Pantoja, capitán del Ejército peruano, recibe la instrucción de organizar un servicio de prostitución para atender a los militares de las fuerzas armadas destacados en la selva amazónica. Las tropas sufrían problemas de disciplina y tensiones debido a su aislamiento, por lo que la tarea de Pantaleón era muy poco convencional y quedaría bajo estricto secreto militar. Para cumplir con su misión, Pantaleón se traslada a Iquitos, en el corazón de la selva, y asume su tarea con una profesionalidad obsesiva. Inspirada en un hecho real, la novela crea una ficción pletórica de ironía, humor y sátira que aliviana una historia dura y conmovedora. En una entrevista para la televisión, Vargas Llosa afirmó que esa historia sólo podría escribirse en una vena humorística.

Jorge Ibargüengoitia definió su novela Dos crímenes como un “divertimento” para aligerar el horror plasmado en su obra anterior, Las muertas. Dos crímenes es una comedia de embrollos en la que las mentiras progresan de una manera incontrolable. Marcos González (El Negro) es un hombre que vive con su novia, La Chamuca, en el entonces Distrito Federal. La policía hace una redada en busca de militantes comunistas y atrapa a Marcos, que no tiene nada que ver con ellos. Él huye al pueblo de Muérdago, donde vive su tío Ramón, el más acaudalado de la comarca. Le miente diciéndole que ha descubierto un negocio minero importante y que necesita caudales para solventar la inversión inicial. Sus primos y parientes, que rondan al tío Ramón para que les deje parte de su herencia, complican la trama con sus recelos e intrigas. El Negro se involucra con su prima Amalia y con la hija de esta, Lucero. Para añadir ingredientes al embrollo, llega La Chamuca desde el DF. Se desata un caos que mata de risa y que finalmente culmina en dos crímenes —que no revelaré para que saboree la lectura de Ibargüengoitia—. El autor hace una radiografía del sistema judicial y político mexicano, en el cual —aunque usted no lo crea— anidan la corrupción estructural, la ineptitud, la burocracia, la incompetencia y el hambre de riqueza. La justicia de las víctimas es inexistente: nadie se interesa por ellas. 

Querido lector, si quiere ponerle una pizca de humor e ironía a los horrores que leemos a diario en los periódicos y que vemos en los noticieros, le sugiero que lea las novelas que le traigo el día de hoy. Le garantizo risas y hasta carcajadas. Y como siempre, marídelas con un buen vino.


  • Ligia Urroz
  • Nicaragüense-mexicana de naturaleza volcánica. Transita entre la escritura, la música y el vino. Sommelier de vida. Publica su columna Desde el volcán los viernes cada 15 días en la sección M2.
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