Octubre nos recuerda que debemos tocarnos

Ciudad de México /
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Tienes cáncer. Cuando recibes un diagnóstico de ese calado, al principio tu mente lo descarta y se convence de que no es verdad. Son unos minutos de vértigo, una caída por un precipicio. Trabajé 25 años en el sector financiero y, por mi puesto, mi empleador me mandaba a hacer un check up anual. Hace doce años, cuando ya no trabajaba en el banco, seguía acudiendo a mis revisiones por cuenta propia. Recuerdo aquel febrero de 2014 como si fuera ayer. Entré a realizarme la mastografía y sentí un dolor fortísimo en la mama izquierda. Supuse que era mi mastopatía fibroquística y que ese mes estaba desatada. La radióloga hizo el examen de rigor y me dijo que la esperara en una banca, con la bata puesta. Diez minutos después me hizo entrar de nuevo y me colocó en aquel aparato del diablo que aplasta tus senos hasta dejarlos como una tortilla. Utilizó unos conos y otras cuñas geométricas que jamás había visto. Tomó más impresiones y me envió a hacerme un ultrasonido. Cuando le pregunté a la técnica si todo estaba bien me contestó tajante: “Ya su doctor le comentará el estudio”. 

Diez días después, el médico internista me entregó los resultados: “Estás muy bien de salud, tu química sanguínea es inmejorable, sólo que… tenemos un tema. Tienes un tumor en la mama izquierda. Pareciera un cáncer in situ y tienes que ir hoy con el oncólogo. “¿Cómo puede ser, doctor? ¡Eso no es posible!”, le dije. Me mostró los resultados de radiología. Del consultorio al estacionamiento las piernas se me derretían; las sentía de goma y todo mi cuerpo entró en un estado de entumecimiento. Al subir al auto, solté un llanto prolongado, nacido del miedo a la muerte. Le llamé a mi esposo y le conté lo que me había dicho el doctor. Sentía un pavor inenarrable ante lo desconocido, pero, irónicamente, también me sentía fuerte y dispuesta a luchar hasta las últimas consecuencias. 

Esa misma tarde acudí al oncólogo. Revisó el caso y me dijo que me operaría al día siguiente. Me diagnosticó un cáncer in situ y que estaba encapsulado, me aseguró que no moriría por ello, pero quizá tendrían que quitarme la mama o radiar la zona. Antes de entrar al quirófano me realizaron un procedimiento llamado “anclaje”. En la máquina de la mastografía, con la mama aplastada y sin anestesia, me insertaron un arpón del grosor del tubito de tinta de una pluma Bic, pero con una punta de anzuelo. Con un dolor inmenso, entré a la operación. Al salir del quirófano, el oncólogo me dijo que no había tenido que quitarme la mama, sólo el tumor, del tamaño de una pelota de ping-pong. Para mayor seguridad, había raspado alrededor de la lesión y había dejado unas grapas metálicas en el seno para señalar dónde habría que radiar con exactitud. Faltaría esperar los resultados de patología para saber contra qué animal iba a enfrentarme. Por fortuna, resultó manso, invisible. 

Aquí estoy, paladeando cada segundo. Pidiéndoles que se toquen, y que corran la voz entre sus mujeres.


  • Ligia Urroz
  • Nicaragüense-mexicana de naturaleza volcánica. Transita entre la escritura, la música y el vino. Sommelier de vida. Publica su columna Desde el volcán los viernes cada 15 días en la sección M2.
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