'Vivir para siempre' ('por un momento')

Ciudad de México /

Damien Hirst, artista británico nacido en 1965, es un provocador. Su ethos es hurgar alrededor de temas como la filosofía, la religión, el capitalismo, la medicina, la vida y, sobre todo, la muerte. Su exposición en el Museo Jumex inicia en la plaza. Una obra monumental de 10 metros, The Virgin Mother, se alza ante los ojos de los visitantes y paseantes, una giganta preñada. Con sólo leer el nombre de la obra, Hirst nos da una clave: sus títulos forman parte de la esencia de sus piezas, las significan. En su trabajo late el yin y el yang, las dos fuerzas opuestas esenciales e interconectadas que existen en todas las cosas: se admira la belleza y se palpa el horror, la fascinación y el asco, lo grato y lo macabro, lo limpio y lo turbio. 

Su acto de crear contiene la génesis y la muerte. En la serie Natural History —animales conservados en tanques límpidos saturados de formalheído— cada pieza convoca al debate interno y a la reflexión de la propia mortalidad. Los cadáveres flotan colgados de cables invisibles y de las leyes de la física. Y nos siembra una reflexión: “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo”. Así denomina a su tiburón tigre que seduce —a pesar o por— lo cristalino y lo escabroso de su presencia, una estética del miedo. Escudriñamos con ojos del presente una vida detenida y hallamos un tiempo que parece no tener lógica. Una paloma blanca de alas abiertas —espíritu santo inanimado— contiene todas las lenguas en una caja de formol pero se estrella contra su misma cárcel, no puede salir. Una oveja negra, un tiburón y algunos peces nadan estáticos a contracorriente, no siguen a los suyos. Frente a la naturaleza estancada latiga un olor repulsivo. El crematorio, un cenicero gigante repleto de colillas. ¡Toma tu arma mortal! 

¿Es posible retrasar la cercanía de la muerte o adormecer el dolor cuando menos por un instante? Las prescripciones médicas y los gabinetes quirúrgicos de Hirst son los protagonistas de las respuestas. Las vitrinas ordenan su contenido espejeando al cuerpo humano, de la cabeza a los pies. El artista colorea el paliativo hecho circunferencia. Sus Spot Paintings tienen nombre de medicamentos y ningún color se ha repetido jamás.

Con su obra, Hirst enjuicia el brillo del valor monetario, del capitalismo y del arte en sí. Dan cuenta de ello La vitrina de oro, Día del juicio —con sus perfectas y largas hileras de zirconias—, For the Love of God —calavera humana fundida en platino con dientes y diamantes incrustados. Su costo ha sido de los más altos para una obra de arte—. ¿Cuál es la naturaleza, la esencia y el valor del arte contemporáneo? ¿Pretende provocar, debatir, enojar, enamorar?

¿Deseamos la inmortalidad, poseer la piedra filosofal, la fuente de la eterna juventud o vivir la eternidad en un segundo? Nuestra vida se sostiene por hilos delgados e invisibles, fáciles de romper. Para vivir para siempre (por un momento) hay que hacerlo a cada parpadeo.


  • Ligia Urroz
  • Nicaragüense-mexicana de naturaleza volcánica. Transita entre la escritura, la música y el vino. Sommelier de vida. Publica su columna Desde el volcán los viernes cada 15 días en la sección M2.
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