Este 30 de abril, Día del Niño en México, en un mundo donde la resiliencia parece ser el único refugio, he aquí tres historias que, aunque diferentes, se entrelazan en un llamado a la reflexión sobre la protección de la infancia y su derecho a ser feliz.
En los años 90, en plena guerra en la capital de Bosnia y Herzegovina, una niña encontró solaz en las páginas de su diario, donde narró las atrocidades que presenció. Mientras tanto, un sacerdote se convirtió en el ángel guardián de miles de menores y jóvenes. Asimismo, en un tribunal estadounidense, un púber logró “divorciarse” de sus abusivos padres.
Zlata Filipovic
La ahora documentalista naturalizada irlandesa, estremeció millones de corazones, cuando a los 10 años, a partir del 2 de septiembre de 1991 hasta el 13 de octubre de 1993, escribió su diario, en Sarajevo (ex Yugoslavia), sitiada por la muerte.
Hija única de una pareja judía, Zlata tenía una vida apacible. Soñaba con el momento en que se le hiciera conocer al cantante pop Michael Jackson, para pedirle un autógrafo y plantarle un beso.
Sin embargo, un día los rayos del sol se convirtieron en asesinos proyectiles. La noche cayó sobre los habitantes y la arquitectura mudéjar-turca de la ciudad. Donde antes había escuelas quedaron cenizas y donde los niños jugaban, aparecieron cadáveres de quienes nunca se enteraron por qué habían muerto. Zlata perdió su candor. Llegó a pensar en el suicidio, cuando su mejor amiga fue alcanzada por un mortero.
En las sencillas palabras de la “Ana Frank de Sarajevo”, presenciamos la dantesca carnicería perpetrada por los serbios ortodoxos, armados hasta los dientes, contra bosnios musulmanes y croatas católicos, ante la pusilánime comunidad internacional que no quiso o no supo cómo responder, ante esa realidad devastadora, que sigue robando la infancia a más de 250 millones de víctimas, que viven en zonas de conflicto en todo el mundo.
Padre Chinchachoma
En esa misma década, participé en un documental para la británica Yorkshire Television, sobre niños y adolescentes en las calles de la Ciudad de México. Semanas antes del rodaje, me dediqué a convivir con ellos en los alcantarillados, las parrillas del metro y el techo de las paradas de autobús, donde dormían bajo cartones.
Múltiples eran las razones para huir de sus familias, muchas en lejanos pueblos rurales y otras en las periféricas “ciudades perdidas”, para instalarse en sitios como la Plaza de Garibaldi, donde sufrían redadas, encarcelamiento, hambre y peores cosas, como abuso sexual, que paliaban inhalando “activo”.
Entrevistamos al sacerdote barcelonés Alejandro García Durán, mejor conocido como padre Chinchachoma o sin cabello, que dedicó su vida a los marginados, a los pobres de los pobres. Nos contó que quería ser médico, hasta que se dio cuenta de que sólo Dios llenaría su vida, ayudando a “los más olvidados por la sociedad”, sus “hijos adoptivos”.
Carismático educador y religioso escolapio, llegó a México en 1971. Cuando vio cómo un policía golpeaba un pequeño que se drogaba, decidió fundar albergues, con asistencia público-privada. Les llamaba “niños de nadie”. Por medio del método afectivo-psicológico de “alfabetización emocional” o “parir el Yo”, su meta era que los menores reflexionaran sobre su situación personal, con miras a la toma de conciencia.
Visitamos varios de los llamados Hogares Providencia, donde entramos a la cocina, sala de reunión y dormitorios de niños y jóvenes, que nos contaron sobre los servicios, como por ejemplo, alimentación, vestido, capacitación para el trabajo, salud físico-mental, educación y actividades recreativas, culturales y deportivas, agradecidos de que con el padre Chincha, las puertas siempre estuvieran abiertas.
A su muerte en 1999, el encantador y mal hablado samaritano, escritor de libros como La porción olvidada de la niñez y La epopeya del Yo, dejó un legado entre quienes continúan con su trabajo en algunas diócesis mexicanas y países de las Américas, África y Asia.
Histórica victoria
“Lo estoy haciendo por mí mismo, porque quiero ser feliz”, dijo Gregory Ralph Kingsley de 12 años, en un conmovedor caso televisado, cuando acudió a los tribunales, para convertirse en el primer niño estadounidense que legalmente rompió lazos con sus progenitores, cambiándose el nombre a Shawn Russ, apellido de la familia adoptiva.
Incluso ante voces conservadoras, que lo condenaron por llevar a sus padres biológicos a juicio, bajo el argumento de que tal sacrilegio debilitaba la estructura familiar, el pequeño quejoso denunció la negligencia de sus irresponsables padres, así como su cansancio de vivir en hospicios de beneficencia pública. Expresó esperanza de que su caso animara a otros niños, a tomar las medidas necesarias, “para defender su felicidad”.
“En los últimos ocho años, sólo he vivido con mamá siete meses. Pensé que se había olvidado de mí”, dijo ante un juez de Florida, quien señaló que “por evidencia clara y convincente, así como en el mejor interés del menor”, Gregory tenía el derecho a ser adoptado.
Actualmente, Shawn dirige la comunicación, logística y producción de eventos para los partidos de baseball de los Guardianes de Cleveland. Seguramente, de vez en cuando, verá Switching Parents y A Place to be Loved, dos filmes sobre su histórica victoria.
Filmes hechos para la tv: Switching Parents (1993) y A place to be loved (1993).