El dilema de la Inteligencia Artificial

  • Mundo Industrial
  • Luis Apperti

Tamaulipas /
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En las últimas semanas se ha agudizado la discusión sobre la rentabilidad de las enormes inversiones en infraestructura requerida para el uso masivo de la inteligencia artificial.

Se cuestiona fuertemente si están justificadas las enormes cantidades de dinero y recursos (incluso naturales) que hoy utilizan empresas y gobiernos. Centros de datos, procesadores, energía y desarrollo de modelos exigen recursos extraordinarios.

Sin embargo, medir el valor de la IA únicamente por el rendimiento financiero inmediato sería tan limitado como haber juzgado la electricidad por el costo de instalar los primeros generadores.

Una encuesta global de McKinsey publicada en agosto de 2026 señala que ocho de cada diez trabajadores consultados consideran que la IA mejora su productividad y la mitad afirma que les ayuda a tomar mejores decisiones.

No obstante, solo el 37% de las organizaciones reporta algún efecto positivo en sus resultados operativos y una minoría ha conseguido impactos transformadores.

La brecha no demuestra que la tecnología carezca de valor; revela que incorporarla no equivale a transformar una empresa.

La IA permite analizar información, automatizar tareas repetitivas, acelerar investigaciones, mejorar diagnósticos, apoyar la educación y ampliar la innovación.

Su utilidad no se limita a sustituir trabajo, también puede liberar tiempo humano para actividades que requieren criterio, creatividad, empatía y responsabilidad.

Esto democratiza capacidades antes reservadas a organizaciones con equipos especializados.

Por supuesto, su adopción debe ser inteligente, hay costos de operación, seguridad, capacitación, integración y supervisión.

Algunas inversiones no producirán los resultados esperados y otras deberán corregirse o abandonarse.

Pero esa realidad exige mejores decisiones, no renunciar a la herramienta.

Las empresas que obtienen mayores beneficios no se limitan a añadir un asistente digital, rediseñan procesos, capacitan a su gente y miden resultados.

Como ocurrió con otras tecnologías decisivas, su beneficio aparecerá gradualmente, conforme se extienda su uso y cambien los métodos de trabajo.

La pregunta relevante no es si podemos permitirnos utilizar masivamente la inteligencia artificial, sino cuánto nos costaría quedarnos al margen.



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